jueves, 24 de marzo de 2011

Danzas, igualitarismo y presencia femenina.

El pasado 5 de marzo recogí parte de la entrevista que Fermin Munarriz realizó al irunidarra Juan Antonio Urbeltz. Si en esa ocasión fueron las explicaciones de Urbeltz en torno al sentido de los Carnavales o Inauteriak, hoy quiero hacerme eco del repaso realizado a la evolución de los bailes, su aportación en la recuperación de los mismos con la reconstrucción de Axuri Beltza, y sus reflexiones sobre el igualitarismo vasco y, como consecuencia directa de éste, sobre la ausencia de héroes en la sociedad vasca.

A. Canellada, Gara, 2011-01-30.
Desde los tiempos de Estrabón -hace 2.000 años-, que habló en su «Geografía» de los bailes de  los vascones en luna nueva, han sido muchas las referencias de este tipo entre viajeros y estudiosos. El propio escritor zuberotarra Augustín Chaho afirmaba que «la diversión favorita de los vascos es la danza»...
Sí, hay muchos testimonios... Lo que pasa es que en el siglo XVIII interviene la Iglesia para acabar con nuestras danzas sociales, las danzas en cadena -por eso sólo han quedado sokadantzas, que son protocolarias-, porque no podía integrar las culturas campesinas de Europa, que son muy anteriores a la formación del cristianismo. En la primera cristiandad, la danza está asociada a los misterios: a los de Mitra, a los paganos, etc. y la Iglesia sabía que no podía integrarlos.
En los bailes de diversión, hombres y mujeres se tomaban de la mano para bailar. Los jóvenes iban a buscar a la chica y se establecía la cadena de la mano. Estoy convencido de que al tomarse de la mano había un código de presión con los dedos que permitía al chico y a la chica establecer una comunicación para quedar, para conocerse, para verse, para lo que fuera... Eso les permitía comunicarse en presencia del párroco, del alcalde, de los padres... sin que nadie se enterase. La Iglesia sabía esto por el secreto de confesión e introdujo el pañuelo entre las manos; así el chico y la chica quedaban a un metro [risas]...

La danza vasca es, fundamentalmente, colectiva en la participación. ¿Cómo es en la creación?
Las danzas no las crea todo el pueblo, el plano creativo es individual. Puede llegar un momento, por la razón que sea, en que hay un txistulari más inspirado y crea... Antiguamente también había maestros de danzas que se desplazaban de un sitio a otro enseñando bailes de palos, etc. para las fiestas tradicionales. Pero también hay un fondo viejísimo del folklore europeo que es una especie de aerobic que busca la formación física del joven para colocarlo bien formado en la sociedad de adultos. Hay en Gipuzkoa, en Zuberoa, en Bizkaia, en Nafarroa... en todo el país en general. No era la danza como se entiende hoy desde un patio de butacas. Aquellas danzas estaban unidas al juego de la pelota y a la esgrima con palo, un arma terrible en la cual los nuestros eran gente muy valiosa.
Oteiza tiene unas reflexiones geniales sobre la pelota; es un juego interesantísimo: no se tiene al contrario delante, sino al lado, detrás... Nuestros mayores disfrutaban viendo la habilidad de los chicos bailando -agilidad, fuerza física- y también jugando a la pelota y en la esgrima con palo, que era más secreta, más oculta, pero existía y se ha mantenido en muchas culturas.

¿Qué supuso para usted el hallazgo y reconstrucción del baile «Axuri beltza»?
Éramos muy jóvenes. Marian Arregi -luego mi esposa- y yo fuimos a Otsabagia en 1966 a aprender bailes. En el hostal Orialde cogimos dos folletos sobre los valles del Salazar y Roncal, editados por la editorial Auñamendi de Bernardo Estornés Lasa, que vivía en Donostia. En uno de los folletos se mencionaba una «danza de mozas de Jaurrieta» y daba una melodía. Para entonces conocíamos a mucha gente en Salazar, pero aquello me llevó a encontrarme con Estornés Lasa para tener más información. Nos confirmó que era un baile de muchachas, que lo había tomado del cancionero de Azkue. Miramos allá y, efectivamente, lo indicaba, pero decía que era un ritmo de mutildantza o muxiko. Mi mujer y yo lo montamos, tomamos las dos partes de la melodía, una la bailamos como una mutildantza y la otra como un muxiko.

¿Qué fantasmas espantamos con más frecuencia los vascos?
Posiblemente tenemos más problemas en lo que no espantamos. Somos una sociedad con unas características y unas tendencias igualitarias que me parecen importantes. El aspecto igualitario de nuestro viejo mundo hace que lo colectivo prime sobre lo individual; éste es un concepto muy viejo, que impide el nacimiento del héroe.
Los vascos no tenemos héroes; socialmente no hay héroes. Por ejemplo, cada familia sabe dónde pelearon los suyos en la Guerra del 36, pero la guerra es para olvidar. En las carlistadas, por ejemplo, no hay héroes; hay un caudillo famoso, Zumalakarregi, pero el pueblo vasco no lo considera un héroe caballeresco en el sentido heroico.
Esto nos crea una dificultad: el líder social, que sería la otra cara del héroe, también tiene muchas dificultades aquí para funcionar porque el igualitarismo cercena muchas cosas.
Por otra parte, la no existencia del héroe quiere decir que hay una buena presencia femenina, porque es la mujer la que no quiere héroes en ninguna sociedad. En las que hay héroes están impuestos por el hombre.

Para leer la entrevista íntegra: Entrevista a Juan Antonio Urbeltz.

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