jueves, 3 de febrero de 2011

Calles de la Rotxa: Nazario Carriquiri.

Nazario Carriquiri:
Hombre de negocios y político liberal.


Comprador de bienes desamortizados, empresario ferroviario, minero, taurino, etc., banquero de Isabel II de España, miembro de las milicias liberales, diputado provincial suplente por Navarra y diputado a Cortes  por el partido moderado, en diez ocasiones. 

“Por una saca de trigo 
yo voté a Don Rafael
por dos me cargo al contrario
por tres me lo cargo a él”.[1]

 La Rotxapea tiene su calle en homenaje a Nazario Carriquiri, la calle que nos lleva desde Bernardino Tirapu a Cuatro Vientos, dejando a derecha e izquierda el campo de fútbol y el colegio Patxi Larrainzar, respectivamente. Al igual que otras muchas calles, no ha sido el barrio quien ha decidido qué persona es digna y quién no de formar parte de nuestro paisaje callejero. Con la excepción del Parque de los Enamorados, donde el empeño de la Rotxa se impuso finalmente al oscuro Conde de Gages. Aún tenemos pendiente la Plaza de Jimeno Jurío, uno de esos intelectuales que no llegaron a estar nunca en la nómina de los de arriba, porque se caracterizó durante toda su vida por estar bien cerca de los de abajo. 

Óleo de Esquivel, Euskomedia.org.


Nazario Carriquiri nació en Chapitela el 28 de julio de 1805. Era hijo del calderero de Pamplona Pedro Carriquiri Etchecopar, del suletino pueblo de Idaux (Zuberoa) y de Dominga Ibarnegaray Landutch, de Donibane-Garazi (San Juan de Pied de Port, Baja Navarra). En efecto, hasta el siglo XIX, los Pirineos eran, más que frontera, lugar de paso y encuentro entre las poblaciones vascas situadas a ambos lados. Carriquiri se casó con Saturnina Moso Villanueva, originaria de Tafalla, y murió en Madrid el 12 de enero de 1884 sin dejar descendencia.

Los nuevos burgueses.
Desde joven optó por el régimen liberal español, compromiso que le proporcionó una rápida y próspera carrera como hombre de negocios. Ya en 1834 participó en la Milicia Nacional y era comandante del tercio de Caballería, y Regidor en el ayuntamiento de Pamplona. Las dos guerras carlistas (1833-1839; 1872-1876) supusieron un momento clave en el proceso de construcción del Estado-nación moderno español. Si en el Estado francés la burguesía como grupo social coherente se impuso tras el proceso revolucionario iniciado en 1789, en el Estado español la dificultad para que la misma marque el ritmo político será enormemente mayor, y habrá de esperar a mediados del siglo XIX. Los intereses de esas clases medias iban unidos a los de un Estado nacional unificado y fuertemente centralizado.
Las leyes promulgadas tras cada una de las dos contienda militares fueron los instrumentos del Estado liberal español para institucionalizar la nueva ciudadanía impuesta a vascas y vascos: se desmantelaron las aduanas vascas trasladándolas a la costa y al Pirineo, y se destruyó prácticamente todo el entramado político y administrativo de esas cuatro provincias vascas, en adelante “españolas” según la legalidad impuesta a sus habitantes. Ambas burguesías, lejos de poder calificarlas de democráticas, hemos de definirlas como constitucionalistas, a favor de un Estado secular con libertades civiles para quienes se consideren ciudadanos del mismo, y con garantías plenas para la iniciativa privada y el libre quehacer de las fuerzas del Capital. Con el derecho al voto restringido a la mayoría de la población, ambos Estados estarán gobernados por varones contribuyentes y propietarios.
En 1836, Carriquiri se hizo cargo de los suministros del ejército español de la zona hasta el final de la guerra carlista. Fue el principal beneficiario en la Alta Navarra de la desamortización de Mendizabal, en la que remató fincas rústicas valoradas en millones de reales de la época. En la década de los 40 compró fincas en Miranda de Arga, apareciendo ya en los años 60 entre las máximas fortunas navarras. Concedía anticipos al Gobierno español y fue banquero de la reina Mª Cristina. Sus relaciones personales con ésta, con el marqués de Salamanca, el duque de Riánsares y el general Prim le permitieron prosperar rápidamente.[2]
Participó como socio fundador en la empresa que creó el ferrocarril entre Madrid e Irun, invirtió en ferrerías en el norte navarro, y creó la Compañía Nazario Carriquiri, con el objetivo de la explotación maderera del bosque del Irati desde que el valle Salazar tuvo que arrendarlo para cubrir las deudas de la primera guerra carlista.

La vida política.
La jota con la que hemos iniciado este artículo, recogida por Esparza en la obra “Jotas heréticas de Navarra”, refleja perfectamente cómo vivían las gentes sencillas aquellas contiendas electorales marcadas por la compra de votos y el pucherazo, siempre en función de los intereses de los grandes caciques de la provincia. No era sino el reflejo del sistema político español, marcado por la corrupción durante todo el siglo XIX y primer tercio del XX. En esta otra jota, cantada en torno a la segunda carlistada, queda recogida la denuncia de todo ello:
“Cuando vienen elecciones
los ricos van a buscar
y a los pobres nos engañan
con un pedazo de pan.”
Durante el régimen isabelino, Nazario Carriquiri desarrolló su carrera política en las filas del moderantismo. Fue elegido diputado por Navarra en las elecciones de 1843 y 1844; por el distrito de Aoiz en las de 1846, 1850 y 1851; y por Tafalla en las de 1853, 1858 y 1863. En 1864 fue nombrado senador vitalicio.
No dejó de participar en política el los años del llamado Sexenio democrático, siendo elegido senador en las elecciones de 1871, abril de 1872 y agosto del mismo año. Participó también en la Asamblea Nacional que proclamó la 1ª República española, encontrándose entre los 32 representantes que votaron a favor de la monarquía. Fue un agente activo contra esa República y a favor de la Restauración. Cuando ésta fue finalmente impuesta, logró su escaño por el distrito de Tafalla en las elecciones de 1876 y 1879.[3]

Los Carriquiris.
Además de ser empresario del teatro de la Cruz, Nazario Carriquiri fue propietario de la ganadería de toros bravos de su nombre, los Carriquiris, que compró a Guendulain. Eran rojizos, inquietos, y de movimientos imprevisibles. A menudo saltaban la barrera en la plaza detrás del torero. La fama de esa casta hizo que toreros de primera categoría de aquella época, como Mazzantini y Guerrita se negasen a torearlos.
Los primeros Carriquiris que se lidiaron fueron en Pamplona, en las fiestas de San Fermin del año 1852. En Zaragoza, en 1860, el toro Llavero mató diez caballos y fue sangrado durante 53 veces en varas, saliendo vivo de la plaza (no sabemos por cuanto tiempo) a petición del público. Otro ejemplar lidiado y torturado, valga la redundancia, en la Barcelona de 1878, recibió el castigo de varas 114 veces y mató a 30 caballos, antes de caer muerto por la estocada final.[4]
Como nos recuerda el veterinario José Enrique Zaldívar, “las puyas lesionan más de treinta músculos, tendones, ligamentos, nervios, estructuras óseas, venas y arterias, y abren trayectos cuya profundidad media es de 20 centímetros. Un puyazo abre de media siete trayectos diferentes. En ocasiones traspasan la pleura, con lo que se va a provocar un neumotórax. Provocan una profusa hemorragia que no cesa hasta la muerte del animal, pero no es sólo la sangre que vemos brotar hacía afuera, sino la que va invadiendo las diferentes estructuras anatómicas, inclusive el canal medular. Las banderillas producen más daños en todas estas partes y aumentan la pérdida de sangre. Y la estocada, una espada de acero cortante de 80 centímetros, secciona todo lo que encuentra en su trayecto: grandes venas y arterias de la cavidad torácica, bronquios, pulmones, e incluso en ocasiones, va a traspasar el diafragma, y también llegará a pinchar la panza y el hígado del toro. Y no olvidemos el descabello, consistente en seccionar la médula espinal”.[5]
El 30 de abril de 1908 se formalizó ante notario la firma de la escritura de venta de la ganadería Carriquiri a favor de Barnabé Cobaleda Berrocal, ganadero y vecino de la localidad española de Castraz (Salamanca), que abonó 130.000 pesetas a cambio de las 418 reses que formaban la vacada navarra, toda una fortuna para la época.[6] Y no fue una mala noticia, teniendo en cuenta que con ello dejamos de escribir unas de las páginas más sinsentido de las que hemos escrito en estas tierras. Supongo que una vez leído las líneas escritas más arriba, nadie podrá negar el sufrimiento del toro durante la lidia y la tremenda muerte a la que es conducido. Al igual que Zaldívar, considero que, sin olvidar el simbolismo que ha tenido el toro a lo largo de la historia, ello no debe servirnos como argumento para sostener una tradición cruenta en la que se hace espectáculo del sufrimiento y la tortura de un ser vivo. Pero bueno, aquí dejamos el tema para reflexión del lector o lectora que se preste a ello.


Testua: Patxi Abasolo Lopez
[Ezkaba aldizkaria, 181. zka., 2011-urtarrila]



[1] Esparza,  Jotas heréticas de Navarra.
[2] Layana, Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 3-3.
[3] Ibídem.
[4]  Auñamendi Eusko Entziklopedia.
[5] Gara, 9 de diciembre de 2010.
[6] Diario de Navarra, 20 de agosto de 2010.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué fijación teneis con los toros! Tanto os cuesta ver que es una parte de nuestra cultura?
Sí a las corridas de toros!

Anónimo dijo...

Cultura o Tortura? Mi propuesta: Quitar el nombre de Nazario Carriquiri y poner Los Carriquiris, que son los que sufrieron de verdad.
Joana