martes, 15 de marzo de 2011

El Carbonero que había caído soldado.

  En los próximos días vamos a transcribir las entrevistas integras realizadas a otros dos insumisos del barrio: Pablo Etxegarai y Oskar Beorlegi. La del primero fue publicada por la revista Ezkaba  hace ya más de una década. La última le fue realizada al Piloto Suicida con posterioridad a la publicación del artículo de la Ezkaba "La Insumisión en la Rotxa: No al servicio militar".
  No obstante, y para entender lo que supuso esa llamada a filas para los jóvenes vascos tras su imposición legal una vez finalizadas las contiendas bélicas carlistas (ver "La Insumisión en Navarra: una constante histórica"), voy a copiar algunos pasartes del relato breve titulado "El carbonero", escrito por Pío Baroja y recogido en el volumen "Cuentos" publicado por Alianza Editorial en 1990.

El carbonero.

[...] Aquél día, como los demás, Garráiz bajó por una senda a la hondonada en que se veía la borda, una borda tosca de piedra, con una puerta y dos estrechas ventanas.
- Buenos días - dijo al entrar.
- ¡Hola, Garráiz! - le contestaron de dentro.
[...]
- Otra cosa me han dicho a mí - añadió uno de los carboneros.
- ¿Qué? - preguntó Garráiz.
- Que el hijo de Antón y tú habéis caído soldados.
Garráiz no replicó; pero su cara adusta se oscureció más. Se levantó de la mesa, llenó un cubo con brasas de la lumbre y volvió al sitio donde trabajaba; arrojó el fuego por el agujero del vértice del horno, y cuando vio las espirales de humo que comenzaban  a salir lentamente, se sentó en el suelo al borde del mismo precipicio.
[...] lo que le exasperaba, lo que le llenaba su espíritu de una rabia sombría, era el pensar que le iban a arrancar de su monte aquellos de la llanura, a quienes no conocía, pero a quienes odiaba.
- ¿Por qué - se preguntaba él - iba a obligarle nadie a salirde allí? ¿Por qué iba a defender a nadie cuando no le defendían a él? Y, sombrío e irancundo, empujaba con el pie las grandes piedras del borde del precipicio y las veía caer en el vacío, saltando aquí, rodando allá, arancando arbustos, hasta desaparecer e irse al fondo del derrumbadero.
Cuando las llamas rompían la coraza del barro y de hierbas que la sujetaban, Garráiz cogía su larga pala, e iba tapando con barro los boquetes hechos por el fuego.
[...]
Y la noche avanzaba y las sombras en masa subían al valle. Densas humaredas se escapaban del horno y a veces montones de chispas.
Garráiz contemplaba el abismo que se extendía ante él, y, sombrío y taciturno, enseñaba el puño a aquel enemigo desconocido que tenía poder sobre él, y, para manifestarle su odio, tiraba hacia la llanura las grandes piedras del borde del precipicio.

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