lunes, 18 de julio de 2011

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant

Fundación de la guerra bacteriológica.


  Mortífero fue, para América, el abrazo de Europa. Murieron nueve de cada diez nativos.
  Los guerreros más chiquitos fueron los más feroces. Los virus y las bacterias venían, como los conquistadores, desde otras tierras, otras aguas, otros aires; y los indios no tenían defensas contra ese ejército que avanzaba, invisible, tras las tropas.
  Los numeroso pobladores de las islas del Caribe desaparecieron de este mundo, sin dejar ni la memoria de sus nombres, y las pestes mataron a muchos más que los muchos muertos por esclavitud o suicidio.
  La viruela mató al rey azteca Cuitláhuac y al rey inca Huayna Cápac, y en la ciudad de Méxiko fueron tantas sus víctimas que, para cubrirlas, hubo que voltearles las casas encima.
  El primer gobernador de Massachusetts, John Winthrop, decía que la viruela había sido enviada por Dios para limpiar el terreno a sus elegidos. Los indios se habían equivocado de domicilio. Los colonos del norte ayudaron al Altísimo regalando a los indios, en más de una ocasión, mantas infectadas de viruela:
  - Para extirpar esa raza execrable - explico, en 1763, el comandante sir Jeffrey Amherst.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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