jueves, 21 de julio de 2011

La Rotxa en la década de 1880.

  Pasados los Sanfermines, aquí tenemos un poco más de Historia de nuestro barrio. Este artículo lo he escrito para la sección de Historia de la revista Ezkaba de este mes de julio, y con él las lectoras habrán de esperar a que, tras dos meses de merecido descanso, retomemos un nuevo curso con más brío e ilusión que nunca. Eso sí, parece ser que este Rincón de Historia de la Rotxa está dispuesto a seguir comunicando con todas vosotras sin tregua alguna, así que, ya sabéis, no os olvidéis de hacer un clic cuando estéis contectadas, ya sea en la Rotxa, en el monte, en la playa, en el desierto o en el polo norte, que hoy, para bien o para mal, la ondas no conocen fronteras. 

La Rotxa en la década de 1880.
 
   1880. hamarkadarako bidaia egingo dugu hurrengo orrialdeetan. Arrotxapeako Atea, Gas-fabrika, Arriasko Plaza, Jesus Haurra Harrera-etxea, Argizariaren Larrea, Baratzetako ilarrak eta potxak, auzoko festak eta Sanferminak… Egun, tamalez, hainbat kaletako izenak besterik ez ditugu historia horren lekuko.

En esta ocasión vamos a dar un paseo por la Rotxa de finales del siglo XIX, más concretamente, de la década de los años 1880. Como podemos ver en la fotografía realizada por Julio Altadill en 1895, sin el río Arga y el puente de la Rochapea o de Curtidores, difícilmente podríamos reconocer en la misma nuestro barrio.

Fotografía: Julio Altadill, 1895

Portal de la Rochapea y Lavadero.

En 1887, cuando las autoridades militares españolas concedieron el permiso al Ayuntamiento para encerrar los toros en el corralillo del baluarte del Portal de la Rochapea, éste seguía siendo uno de los pasos obligados para toda aquella persona que quisiera entrar o salir de la vieja ciudad amurallada. Subiendo desde la Rotxa, en la parte izquierda, se veían aún las troneras, a la derecha la garita y, enfrente, las cadenas con las que el puente se elevaba todas las noches. Como ya vimos en el número 178 de la Ezkaba, a las seis de la mañana se encontraban ya las lavanderas aporreando la Puerta con sus palas para que los centinelas les permitieran dar inicio a una dura jornada de trabajo en las aguas del Arga. En la fotografía antes mencionada podemos apreciar perfectamente el lavadero público con sus tenderetes para secar la ropa, siempre y cuando no lloviese, por supuesto. Después de estar todo el día “en la piedra del río”, las lavanderas de intramuros tenían que regresar desde los distintos lavaderos del Arga con el bulto de ropa en la cabeza, subir toda la cuesta hasta lo Viejo, para llegar a casa muertas de frío y cansancio. Finalmente, tras años de protestas, aquellas mujeres consiguieron que se plantasen dos filas de árboles (los actuales plataneros), con los que poder protegerse de las altas temperaturas del verano.

Plaza Arriasko y Fábrica del Gas.

En la parte central de la fotografía podemos ver la Plaza Arriasko, auténtico lugar de encuentro para las gentes rochapeanas de entonces. En 1886 se inauguró en la Casa de los Pastores de esa Plaza el Asilo del Niño Jesús, más tarde trasladado a la Plaza de las Recoletas, donde se recogían las hijas e hijos de las lavanderas que bajaban a trabajar al lavadero. En la misma plaza se encontraba el Matadero Municipal. Al fondo de la fotografía, más allá de los actuales Corralillos y el espacio convertido en aparcamiento de vehículos, podemos apreciar la chimenea de la fábrica del Gas, uno de los primeros elementos de una industrialización que llegaría a Iruñea con mucho retraso.

El primer alumbrado público de la ciudad fue el aceite en 1790, que alumbró las calles iruindarras hasta que fue sustituido por el gas en 1861. Su instalación fue dirigida por un ingeniero francés y su explotación estuvo a cargo de una compañía holandesa, con un capital total de 28.728 reales de vellón distribuido en 14.000 acciones. En las calles se instalaron 382 mecheros, que eran atendidos por el cuerpo de 14 faroleros y un cabo. Las 33 de la Taconera, por ejemplo, sólo se encendían de junio a septiembre. Durante las noches de luna llena, los serenos tenían orden de apagar 140 luces, para reducir el gasto que el alumbrado suponía, una media de cinco maravedís por hora y mechero.*

Las nuevas formas de alumbrado supusieron un duro golpe para una profesión antiquísima, la de la cerería. Siguiendo el curso del río por Errotazar, en los correspondientes prados próximos al Arga se blanqueaba la cera y se lavaba la lana. En las proximidades de la Plaza Arriasko también se fundía hierro.


Fotografía: Julio Altadill, 1895.


Huertas y jornaleras.

Las huertas han sido las protagonistas del paisaje de la Rotxa desde sus primeros poblamientos hasta que estos últimos veinte años los Planes de urbanización diseñados por el Ayuntamiento han hecho de nuestro barrio un paisaje de cemento y hormigón. En aquellos años finales del siglo XIX, gozaban de especial fama los guisantes y potxas de la Rochapea, los garbanzos de Burlata, la leche de oveja para la cuajada de Tajonar, el carnero de Berrioplano y el cordero del sacristán de Orkoien. Los de la Cuenca llevaban también a la Plaza de lo Viejo cuajos de cordero y brazuelos de txungur para la berza.  La puerta de la Plaza y los atrios de San Cernin solía ser el lugar de encuentro de los segadores que acudían de muy lejos para ser contratados como braceros. En épocas de recolección las jornadas de sol a sol eran muy corrientes, con unas condiciones de vida y trabajo muy duras, cuya retribución solía calcularse a destajo, lo que implicaba un estricto cumplimiento de esa jornada prolongada. Tenemos constancia ya en 1858 de la siguiente jota cantada por el tenor navarro Julián Gayarre:

“Retunantísimo sol
   si tu fueras jornalero
     no saldrías tan temprano
       y te irías más ligero”.

El sol no solía tener muchas manifestaciones de simpatía, como se puede apreciar en esta otra estrofa:

“Los humildes jornaleros
    temen al sol del verano
     que alarga la vida al pobre
      y alcorza la vida al amo”.

Las despedidas al astro no indicaban más que el fin de una jornada que poco aportaba a la persona que trabajaba por un jornal, muchas veces ni para garantizar su substistencia:

“Ya se va el sol por los altos
      ya se oscurece el sendero
    ya se entristecen los amos
       y se alegra el jornalero”.[1]


Las Fiestas.

Al igual que fuera de la Rotxa, las fiestas suponían la oportunidad de olvidar el duro trabajo y las dificultades diarias. Con sus mayordomos, rellenos y piperropiles, con el consabido vino rancio. No faltaba la misa con refuerzo al coro, y la gaita alegrando la noche en aquellos kioskos improvisados o en algún carro de la labranza. Y, ¡cómo no!, cada fiesta tenía su “pobre de mí”, aunque entonces la letra de la copla fuese bien diferente:

“Ya se han rematao las fiestas
    ya se ha marchao el gaitero
     las mozas se han quedao tristes
    y los mozos sin dinero”.

Y, ¿qué podemos decir de los Sanfermines de aquellos años 80 del XIX? Fiesta, color y mucho bullicio. Con sus vísperas, gigantes, procesión, horcas de ajo y casetas de feria en el túnel del Paseo de Valencia (actual Paseo Sarasate), un túnel luminoso con 7.609 bombillas de gas y otras tantas tulipas, que tenían que ser encendidas de una a una. Las casetas se alquilaban a 40 pesetas para toda la feria, donde se daban cita quincalleros y marchantes con sus baratijas y matasuegras junto a las peponas y caballicos de cartón, a los que se unía el que hacía caramelos a la vista del público.* En 1888, la Compañía velocipedista instaló un circo con una pista de 23 metros de diámetro, propiedad de Eduardo Ancicllotti, donde trabajaban 27 artistas.

Entre los charlatanes de feria no faltaba el sacamuelas. Ni tampoco el gaixoa que aceptaba sacarse públicamente la muela sin anestesia alguna, con el único objetivo de demostrar que todo ese sufrimiento habría sido innecesario de haber usado el dentífrico estupendo cuyo frasco vendía dos por una peseta. Para entonces ya se conocía el origen de la caries dental, aunque productos como aquél “Odol” no sirviesen en absoluto para evitar la caries ni el dolor de muelas. También tenían su público el de la cardelina, la adivinadora del porvenir y el que vendía polvos amarillos para matar pulgas. Este último, acompañado siempre de un mono atado a la mesa, lanzaba constantemente su fórmula en el más auténtico “italianini” que, evidentemente, nada tenía que ver con el idioma al que hacía referencia:

“Cógile púlguili
      ábrili bóquili
     métili pólvili
        quédali mórtili.”

Una vez en casa, los afectados comprobaban que las pulgas seguían haciendo de las suyas como lo habían hecho antes de pagarle al charlatán.

En la Ciudadela se encontraban las atracciones con sus toboganes, tíos-vivos, pin-pan-pun y “Justinín” el de la garganta mágica que se tragaba el paraguas, la venta de churros y el olor característico a fritanga.* Entre las pocas barracas que asistían, varios años seguidos se instaló la Casa de Fieras de Mr. Cavanna, en cuya fachada destacaba un gran cartel pintado con una serie de animales salvajes que luchaban contra una tribu de la Africa negra y un conjunto de cazadores blancos con rifles y sombrero. Al otro lado de la ciudad, entre las casetas de ajos de Recoletas, se encontraban los alfareros de Atarrabia (Villava), quienes, además de venderlos, enseñaban a beber en botijo. En la Taconera se jugaban partidos de pelota a largo. Sin olvidar el espectáculo de los fuegos artificiales, hoy día uno de los más demandados por gentes de todas las edades. Entonces, durante la década de los 80, sólo se ofrecía en la noche del día 7, ampliándose a partir de 1892 por una noche o dos, además del zezensuzko o toro de fuego.* Si bien es cierto que poco tienen que ver aquellos Sanfermines con los multitudinarios actuales, en el fondo (aunque sea muy, pero que muy en el fondo), la esencia misma (de haberla) en 1888, como hoy, sigue siendo el ambiente de la calle, lo que queda de popular de unas fiestas que cada vez son menos populares y que, si nuestras autoridades se salen con la suya, terminarán por convertirse en otro mero producto más para el consumo de masas, y ni tan siquiera para las gentes de aquí.

Los encierros se celebraban a las seis de la mañana. Previamente, el piquete militar de guardia abría las puertas de la ciudad con el tiempo necesario, a cambio de lo cuál se le obsequiaba con un guiso de toro para merendar.* En cuanto a las corridas de toros, mejor no entrar en mucho detalle, pues los caballos de los rejoneadores eran lanzados contra el toro sin protección alguna, por lo que la carnicería que se montaba era de aupa, sin contar a la que se veía sometido el propio toro, por supuesto.

El Portal de la Rotxa, la Fábrica de Gas, la Plaza Arriasko, el Prado de la Cera, las Huertas… Hoy, desgraciadamente, algunos nombres de calles son los únicos recuerdos de la historia del barrio extramuros más antiguo de Pamplona.


[Ezkaba, 186. zka., 2011ko uztaila]




[1] Esparza, Jotas heréticas de Navarra, p. 57.
*  Ayestarán, El Iruña del 88, 1988, p. 78-225.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Oso interesgarria. Zorionak