sábado, 27 de agosto de 2011

Graffiti: ¿subversión o arte domesticado?

  Estos días he leído en la prensa distintas convocatorias de Concursos de Graffitis, concretamente el Festival de Graffiti Cantamañanas organizado por la Casa de Cultura de Huarte y el Concurso de Graffitis organizado por el Civivox Mendillorri para "jóvenes" de 14 a 36 años. A estos últimos los llaman " artistas urbanos", y las dos primeras clasificadas recibirán 300 y 200 euros sucesivamente. En próximos días publicaremos una nueva entrega de los graffitis rotxapeanos. No obstante, me gustaría compartir con vosotras unas reflexiones en torno a estas expresiones públicas, haciendo honor al objetivo principal de este Rincón de Historia de la Rotxapea: analizar todo aquello que tenga que ver con nuestro pasado, presente y futuro, potenciando en todo momento un espíritu crítico. Son textos extraídos del Manual de guerrilla de la comunicación, publicado por la editorial Virus en el año 2000. Este verano he leído un ejemplar de la tercera edición publicada en 2006, un buen regalo realizado por un buen colega, mila esker lagun!
 
Graffiti:
"Ellos tienen el poder, nosotros la noche"
Acerca de los muros como zona erógena.

"[...] un muro liso de hormigón o un tren de metro recién pintado están especialmente cargados de significados. La "ocupación" se hace mediante graffitis, plantillas de textos o dibujos, pegatinas, carteles, pancartas o banderas. Cada intervención con graffitis en el espacio público se realiza -consciente o inconscientemente - teniendo presente que dicho espacio ha sido estructurado a través de la arquitectura y otros elementos de manera que exprese de forma físicamente palpable las relaciones de dominio y poder [...].
Los graffitis socavan la idea de lo público que somete la configuración del espacio público a la propiedad privada y a la legitimación burócrata. Los graffitis convierten las superficies de la ciudad en espacio abierto sin ningún discurso privilegiado.
[...] Los tres puntos que más importan son: 1.- ¿Qué riesgo conlleva pintar con sprays una determinada superficie (exigencias acrobáticas y riesgos de ser pilladas)?; 2.- ¿Obedece el lugar escogido a las necesidades formales (tamaño, estructura de la superficie)?; 3.- ¿Cuánta gente podrá ver el resultado?
Muchas veces los graffitis no tienen un mensaje claro, o sea que sólo son imágnes o "marcaciones" personales, es decir, "tags" que a veces no significan nada más que "ya he estado aquí". Desde una perspectiva política tradicional, esta forma de transformación del espacio público sería considerada más bien apólítica [...].
Las condiciones específicas de la realización de graffitis conducen a veces a soluciones formales muy convincentes: "La presión del tiempo, el carácter secreto de la acción nocturna, la limitación de los medios, las particularidades del lugar, todo eso constituye paradójicamente una fuente de recursos para la creatividad. La prisa obliga a no fijarse en reglas estéticas y a ir diréctamente al grano". Es precisamente la ilegalidad la que convierte los graffitis en muy atractivos para la gente más joven. Ahora queda también bastante claro por qué tienen que fracasar los intentos de interpretar los graffitis como arte. La tendencia a integrar a los que hacen pintadas con sprys como artista y a poner superficies a disposición de los graffiteros es un claro ejemplo de la política de "la zanahoria y el látigo" y no está en absoluto en contración con la represión a veces masiva. En Berlín, por ejemplo, se creó una comisión especial para la persecución de graffiteros, y en Estados Unidos hay gente que acabaron en el talego por el sólo hecho de que los pillaron con el color de piel equivocado, con las bambas equivocadas y en el lugar equivocado haciendo graffitis.
[...] La realización públicamente legalizada y promovida de graffitis en vallas de solares, como configuración pagada de fachadas o incluso en galerías de arte les quita su efecto subversivo y funciona mejor que cualquier represión abierta". (págs. 98-100)


El GRAFFITERO de Zúrich

"A finales de los años 70 aparecieron en muros de hormigón, fachadas y paredes de Suiza y de numerosas grandes ciudades alemanas hombres-araña que parecían bailar, esqueletos y ojos de animales suavemente arqueados. Se podían observar figuras extrañas, dibujadas por regla general con líneas minimalistas de espray negro. En cualquier esquina podía aparecer de repente una de ellas y despertar la idea de un misterioso mundo de imaginación en medio de la gran ciudad. En 1979, la policía de Zúrich detuvo al hasta entonces anónimo graffitero y lo denunció ante los tribunales. Antes de la vista de recurso, Harald Naegeli, el Graffitero de Zúrich, se fugó a Alemania. Pero fue entregado a la policía suiza y condenado a nueve meses de prisión incondicional.
En los considerandos de la sentencia de la Audiencia de Zúrich argumentaba: "Durante años y con una desconsideración, insistencia y dureza sin iguales, el acusado ha intentado crear inseguridad entre los habitantes de Zúrich y ha querido sacudir su fe en la invulnerabilidad de la propiedad". Esta sentencia no entró en la cuestión de si los trabajos de Naegeli podían ser considerados como actos artísticos. Nos preguntamos, sin embargo, cómo se explica que estas extrañas y entrañables figuras de Naegeli puedan haber provocado unas reacciones tan violentas, sobre todo si se considera que sus graffitis no parecían transmitir ningún contenido político.
Esta forma de ocupación y configuración propia de los espacios públicos constituye un ataque de primer orden a los conceptos burgueses de la propiedad justamente porque no se puede aplicar la excusa de ser expresión de una reivindicación o de un contenido político, sino que se toma el derecho a una transformación estética propia de una superficie sin dar explicaciones. El mismo Naegeli confirma esta exigencia cuando habla de las galerías y de los museos como "lugares desactivados", donde ya no es posible provocar nada. Al mismo tiempo iniste en no haber destruido nada con sus imágenes, sino de haber añadido, regalado, algo. La condena de Naegeli despertó vehementes protestas; numerosas artistas y políticos (sobre todo socialdemócratas) querían impedir su criminalización con la afirmación de que sus trabajos deberían ubicarse en el ámbito del arte.
Pero fueron posiblemente estos bienintencionados intentos de salvación los que paradójicamente contribuyeron a mitigar más las intenciones de Naegeli que la persecución judicial. Sus trabajos han entrado ahora justamente en el ámbito de los museos y galerías, es decir, en el ámbito contra el que iban dirigidos en un principio: "Todo cuanto se hace o se dice allí -por más loco que sea- es desactivado bajo el concepto de arte. Es la libertad del bufón que no conoce tabúes" (Michael Müller). A pesar de todos los intentos de recuperación, las figuras de Naegeli en tanto que enfrentamiento con la representación del poder en hormigón, constituían también una anticipación del movimiento juvenil de Zúrich que, a su vez, supo interpretar la importancia de este material como símbolo de dominio con la frase: "Lástima que el hormigón no queme"." (págs. 102-103)


No hay comentarios: