lunes, 22 de agosto de 2011

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant

Agua bendita

  “Un mapa, publicado en París en 1761, reveló el origen del horror africano. Las bestias salvajes acudían en tropel a beber agua en los raros manantiales del desierto. Los animales más diversos disputaban el agua escasa. Excitados por el calor y por la sed, se montaban entre sí, cualquiera con culaquiera sin mirar a quién, y el cruzamiento de especies muy diferentes generaba los monstruos más espantosos del mundo.
  Gracias a los traficantes, los esclavos tenían la suerte de salvarse de ese infierno. El bautismo les abría las puertas del Paraíso.
  El vaticano lo había previsto. En 1454, el papa Nicolás V había autorizado al rey de Portugal a practicar la esclavitud siempre y cuando evangelizara a los negros. Y un par de años después, otra bula, del papa Calixto III, había establecido que la captura del África era una Cruzada de la Cristiandad.
  Por entonces, la mayor parte de esas costas estaba, todavía, prohibida por el miedo: las aguas hervían, en la mar acechaban serpientes que asaltaban los barcos y los marineros blancos se volvían negros apenas desmbarcaban en tierra africana.
  Pero durante los siglos siguientes, todas o casi todas las coronas europeas instalaron fortines y factorías a lo largo de esas costas de mala fama. Desde allí, manejaban el comercio más lucrativo de todos; y por cumplir con la voluntad divina, rociaban con agua bendita a los esclavos.
  En los contratos y en los libros de contabilidad, los esclavos eran llamados piezas o mercancías, aunque el bautismo metía almas en esos cuerpos vacíos”.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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