lunes, 29 de agosto de 2011

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant

Jaulas navegantes

  “El traficante de esclavos que más amaba la libertad había llamado Voltaire y Rousseau a sus mejores navíos.
  Algunos negreros habían bautizado sus barcos con nombres religiosos: Almas, Misericordia, Profeta David, Jesús, San Antonio, San Miguel, Santiago, San Felipe, Santa Ana y Nuestra Señora de la Concepción.
  Otros daban testimonio de amor a la humanidad, a la naturaleza y a las mujeres: Esperanza, Igualdad, Amistad, Héroe, Arcoiris, Paloma, Ruiseñor, Picaflor, Deseo, Adorable Betty, Pequeña Polly, Amable Cecilia, Prudente Hannah.
  Las naves más sinceras se llamaban Subordinador y Vigilante.
  Estos cargamentos de mano de obra no anunciaban con sirenas ni con cohetes su llegada a los puertos. No era necesario. Desde lejos se sabía, por el olor.
  En las bodegas, se amontonaba su mercadería pestilente. Los esclavos yacían juntos día y noche, sin moverse, bien pegados para no desperdiciar ni un poquito de espacio, meándose encima, cagándose encima, encadenados unos a otros, pescuezos con pescuezos, muñecas con muñecas, tobillos con tobillos, y encadenados todos a largas barras de hierro.
  Muchos morían en la travesía del océano.
  Cada mañana, los guardias arrojaban esos bultos a la mar”.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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