jueves, 25 de agosto de 2011

Viaje por La Ruta de las Esclavas

Lamiñarra, 2010.
  Los breves relatos de Galeano nos están acercando estas semanas a uno de los capítulos más abominables escritos en la Historia de la humanidad: la esclavitud. Capítulo que, como podemos ver un día sí y otro también, continua escribiéndose hoy día, ya en pleno siglo XXI. Ahí tenemos los talleres descubiertos en Brasil donde la empresa Zara se beneficia de un auténtico sistema de explotación exclavista (ver http://www.librered.net/).
  A continuación podéis leer un capítulo del libro escrito por el rotxapeano y actual co-director de la revista Ezkaba, Mikel Razkin. El año pasado, Razkin publicó el libro "De la mano de los niños de la calle. Benin y Togo", donde recoge las experiencias del viaje realizado a Benin y Togo dos años antes.
  En este capítulo X, Salida a Ouidah, Mikel nos invita a acompañarle en su viaje por La Ruta de los esclavos [y esclavas, por supuesto], breve homenaje a los millones de personas que fueron arrancados de su tierra para convertirse en mera mercancía de intercambio.
 
X
Salida a
Salida a Ouidah
Ouidah, 16 de julio de 2008.

Hoy es un día diferente. Nos hemos dirigido a la ciudad de Ouidah, a 65 kilómetros al oeste de Porto Novo tomando la carretera que cruza el país de lado a lado en dirección a Togo, con diez chavales del centro Magone. Ellos están de vacaciones, pero no tienen la suerte de poder salir de allí porque no tienen una familia con la que pasar estos días. Por eso, esta excursión es toda una oportunidad para cambiar de aires. En la parte trasera del vehículo vamos quince de las diecisiete personas que formamos el grupo. Aunque pueda parecer una distancia corta, el recorrido dura cerca de una hora por la gran circulación que nos encontramos.
La lluvia de ayer ha dejado paso a un radiante y ardiente sol. Sin embargo, los litros y litros caídos durante las últimas horas han producido que los caminos de tierra hayan perdido parte de su consistencia. Gran parte de ellos han sido arrastrados por las riadas que ayer se dieron cita entre calle y calle.
Ouidah es la ciudad santa del animismo, es el centro mundial del vudú. Aquí se reúnen cada cierto tiempo las personas que más conocimiento tienen sobre este asunto, que es siempre muy oscuro, pues se vive con mucho secretismo de cara a los occidentales. En realidad, como cuentan los yovós por aquí, al vudú se le tiene mucho respeto –en todos los sentidos–, puesto que éste es en realidad la expresión última del conocimiento y utilización de los recursos que ofrece la naturaleza.
A lo largo de un breve trayecto por la ciudad nos encontramos con pequeños hitos que simbolizan aspectos propios de este credo. Igualmente diseminadas por la zona hay expuestas esculturas que representan a antiguos reyes de los territorios de Dahomey (antiguo nombre de Benin), animales sagrados (como las pitones, por ejemplo, a quienes se reza en un pequeño templo reconvertido en una máquina de hacer dinero con los turistas) o momentos de la vida y usos tradicionales. Pero lo más relevante es que esta urbe es conocida por ser el espacio en el que se homenajea a los millones de personas que en toda África fueron llevadas como esclavos a América. Es la denominada “Ruta de los esclavos”.

El camino hasta la inmensa playa en la que embarcaban los esclavos lo recorremos a media mañana con el sol situado sobre nuestras cabezas; la temperatura que soportamos no se agradece especialmente. En sí, el trayecto se divide en seis etapas que convenientemente Mathieu, nuestro guía durante toda esta jornada, nos va a ir explicando paso a paso.
La primera es la Place Chacha, que servía de punto de encuentro para las subastas de esclavos. Está situada en la propia ciudad de Ouidah, a unos pocos kilómetros de la costa. Allí los representantes de los europeos negociaban el precio a pagar por quienes servirían de esclavos al otro lado del océano. Pocos europeos se adentraban más allá de este punto, puesto que el trabajo de conseguir a la gente quedaba en manos de los reyes tribales, que eran quienes trataban con los navegantes. Estos monarcas eran los que desde los siglos XVI y XVII negociaban con los europeos bajo un centenario árbol que simbolizaba este momento.
Los rituales simbólicos son de especial relevancia en el trayecto que, maniatados, golpeados y mal alimentados, realizaban los hombres y mujeres que eran apresados. Hasta el ya desaparecido árbol del olvido –que es el segundo punto de este recorrido– llegaban numerosas columnas de personas para dar alrededor de éste tantas vueltas como número de costillas tuvieran. Este movimiento representaba el hecho de que iban a olvidar todo su pasado, su forma de ser, su cultura y su propio futuro. Iban a dejar de saber quiénes eran.
Una vez que los esclavistas acababan con el espíritu y el alma de estas personas era necesario acabar también con su resistencia física. Les esperaban unas casetas en las que, después de ser desposeídos simbólicamente de todo su ser, iban a permanecer encerrados un tiempo determinado. Se trataba de un recinto húmedo y oscuro en donde no podía pasar la luz, no se podía hacer fuego y sólo recibían una comida diaria. Allí permanecían uno o dos meses encadenados a la espera de que llegara el barco de los europeos para llevarles a América. Se pretendía con ello que fueran habituándose al duro trayecto que iban a soportar.
En el recorrido se visita un lugar en el que se dice que descansan las almas de todos aquellos que sufrieron estas penas. Esta cuarta etapa de la ruta se fija en una escultura que simboliza, a través de tres colores muy determinados y bien escogidos (el blanco, el negro y el rojo), las cuatro etapas del viaje que hacían estas personas: cuando eran apresadas, se les encadenaba, olvidaban sus orígenes y embarcaban. Los niños que nos acompañan guardan silencio frente a este monumento; saben lo que simboliza y nos piden que les acompañemos en esos momentos.
Muy cerca suya se encuentra el árbol de la memoria, que fue plantado en 1707. Esta penúltima etapa del recorrido nos lleva a visitar este simbólico espacio en el que, según el credo animista, las almas de los hombres y mujeres fallecidos al otro lado del Atlántico vuelven aquí, a sus orígenes, para por fin poder descansar en paz. Estas ánimas dan un total de diez vueltas para recuperar todo lo que anteriormente habían abandonado en el árbol del olvido.
Seguidamente continuamos por un largo camino de tierra roja que guía nuestros pasos hasta el final de esta ruta de los esclavos. Este paseo simboliza, a través del rojizo color que nos une a esta tierra, la sangre derramada a través del tiempo. A pesar de ello, éste es un paraje verdaderamente precioso que, sin embargo, no nos ayuda a olvidar lo que hemos estado conociendo durante esta jornada. Tenemos ante nosotros una estampa confeccionada con una paleta que posee todos los colores posibles.
Cruzamos un puente sobre unas marismas y contemplamos las artes de pesca de unos pocos habitantes de la zona. En silencio vemos cómo lanzan sus redes una y otra vez en busca de sus presas. En el horizonte nos espera la puerta del no retorno, una construcción a las orillas del mar, en plena playa, junto a lo que queda del fuerte portugués Sao Joao Baptista de Ajuda, construido en 1670. Se trata del lugar más conocido de esta ruta y probablemente la imagen más conocida y fotografiada de Benin. Simboliza el recuerdo de que todo el que pasaba por este punto no regresaba jamás. Los cientos de hombres y mujeres encadenados representados en esta puerta nos dan la espalda y miran, arrodillados, hacia el mar, hacia lo que les iba a deparar, un futuro lleno de sufrimiento.
Finalizada la ruta, el resto del día lo pasamos en compañía de los chavales del Magone. Una tarde de juegos en la playa consiguen que aparquemos los relatos que Mathieu nos ha ido contando. Fuera ya del recorrido, en una zona preparada para los turistas, se encuentra la denominada puerta del retorno. Se trata de una pared en la que se abre el mapa de Benin. Allí aparecen grabadas las historias de las primeras personas que pudieron volver a casa desde Brasil y los Estados Unidos; fueron los años 1861 y 1877. Más allá de este espacio simbólico, la amplia playa que se aleja a uno y otro lado del horizonte nos presenta un mar bravío y siempre revuelto. Al otro lado, en la otra orilla, la vida y la muerte se dieron la mano cerrando las esperanzas de millones de personas.



* El libro está agotado, pero puedes leerlo en la Biblioteca Pública San Pedro, sin salir de la Rotxa. Me ha dicho Mikel Razkin que deben tener varios ejemplares, por si alguien quisiera hacerse con él. Son 10 €.



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