lunes, 12 de septiembre de 2011

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant

Porfiada libertad


   Ocurre a mediados del siglo XVI.
  Los esclavos que fracasan en la primera tentativa de fuga sufren castigos de mutilación, corte de una oreja, o tendón, o pie, o mano, y en vano el rey de España prohíbe cortar las partes que no se pueden nombrar.
   A los reinicidentes les cortan lo que les queda, y por fin acaban en la horca, el fuego o el hacha. Sus cabezas se exhiben, clavadas en estacas, en las plazas de los pueblos.
   Pero en toda América se multiplican los baluartes de libres, metidos en lo hondo de la selva o en los vericuetos de las montañas, rodeados de arenas movedizas que simulan ser terreno firme y de falsos caminos sembrados de estacas en punta.
   Allí llegan los venidos de muchas patrias de África, que se han hecho compatriotas de tanto compartir humillaciones.

Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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