lunes, 31 de octubre de 2011

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant


La guillotina


   Una alta puerta sin puerta, un marco vacío. En lo alto, suspendido, el filo mortal.
   Tuvo varios nombres: la Máquina, la Viuda, la Afeitadora. Cuando decapitó al rey Luis, paso a llamarse Luisita. Y por fin fue bautizada, para siempre, la Guillotina.
   En vano protestó Joseph Guillotin. Una y mil veces alegó que no era hija suya esa verduga que sembraba el terror y atraía multitudes. Nadie escuchaba las razones de este médico, enemigo jurado de la pena de muerte: dijera lo que dijera, la gente seguí creyendo que era el papá de la primera actriz del espectáculo más popular de las plazas de París.
   Y la gente también creyó, y sigue creyendo, que Guillotín murió guillotinado. En realidad, él echó el último suspiro en la paz del lecho, con la cabeza bien pegada al cuerpo.
   La guillotina trabajó hasta 1977, cuando un modelo ultrarrápido, con mando eléctrico, ejecutó a un inmigrante árabe en el patio de la prisión de París.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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