martes, 3 de enero de 2012

Memoria histórica versus Amnesteia

   La Universidad de Oñati acogió los días 16, 17 y 18 de septiembre de 2011 el II Congreso de Historiadores de Navarra / Euskal Herriko Historialarien II. Biltzarra, organizado por Nabarralde. A continuación reproducimos la Comunicación que presenté en el mismo como miembro de la Iniciativa 1512-2012 Nafarroa Bizirik. El 20 de septiembre publicamos ya en este Txoko de Historia un resumen de la misma y el vídeo de la presentación [hacer clic aquí].

“1512-2012 Nafarroa Bizirik:
Memoria histórica versus amnesteia

EGIA ERDIA
“Gehienetan ez dago egia osorik. Eta egia erdia, sarritan, gezur t’erdia da”
KARTOGRAFIA
“Mapak, munduaren parte batzu erakusteko eta beste batzu ezkutatzeko egiten dira”
Joseba Sarrionandia[1]

Resumen: Partiendo de las manipulaciones a las que se ha venido sometiendo a la Historia por parte del poder, la comunicación abordará brevemente las distintas estrategias de construcción de la memoria colectiva y la importancia de la función social que cumplen los movimientos por la recuperación de la memoria histórica, para terminar con el caso navarro y su resistencia a aceptar la amnesteia impuesta, es decir, el olvido de lo que hace 500 años (y más) había pasado.

    
  1. Memoria e Historia.
      ¿A qué nos estamos refiriendo cuando decimos que uno de nuestros objetivos es recuperar nuestra memoria  histórica? Ciertamente, como afirma Julián Casanova, sería más conveniente hablar de la dimensión social del recuerdo.[2] Si vamos al carácter epistemológico del concepto “memoria histórica” tendríamos que afirmar seguramente que su uso carece de justificación. Más aún si nos referimos a hechos acontecidos muchos siglos atrás.
Txertoa, 2011.

La ciencia define la memoria como la capacidad de los animales para adquirir, mantener y utilizar múltiples formas de conocimiento y habilidades. Gracias a la memoria, es decir, a la propiedad para conservar huellas de todo lo que experimentamos, el cerebro va creando una base de conocimiento cada vez más amplia y más compleja de donde recuperar la respuesta más idónea a cada situación concreta. Dicho de otra forma, gracias a la información almacenada en la memoria podemos responder de la manera más adecuada posible a los continuos retos que se nos plantean en la vida diaria. Si alguien perdiera toda su memoria, se encontraría en una situación de total indefensión, semejante a la de un bebé recién nacido. Sin su historia personal, su biografía y sus distintos referentes sociales, dejaría de ser una persona.
De la misma manera, todo colectivo humano necesita memoria de sí mismo. El drama de los replicantes del filme Blade Runner es un buen ejemplo de todo ello. En efecto, esos seres artificiales de apariencia humana, carentes de memoria y, por ello, de identidad, se aferraban trágicamente a las fotografías, únicos objetos que les permitían construirse una memoria. Al fin y al cabo, la memoria perfila el ser en su identidad o modo de existencia. Si retrocedemos en la Historia hasta la Grecia clásica, nos encontraremos, entre las divinidades del Olimpo, a Mnemósine, la musa que tenía el poder divino de rememorar y, por tanto, atesoraba el recuerdo de todo aquello que el grupo debía conservar para mantener su propia identidad. La memoria rebasaba de este modo lo individual, para convertirse en cualidad inherente a la colectividad humana.[3]
Más allá del debate epistemológico sobre una posible memoria de la Historia, lo cierto es que las memorias, como realidades sociales, y la historia como saber que pretende la verdad comparten una misma materia: el pasado. Eso sí, son dos modos de conocimiento con funciones distintas. Por un lado, las memorias de los diferentes colectivos sociales se refieren siempre al modo en que se justifica o explica ese colectivo que necesita la memoria para argumentar su presente y para defender un determinado futuro. Frente a ello, la historia es un saber científico que tiene que desmontar y desvelar mitos y mixtificaciones, por más que éstos afecten a los anclajes de una u otra memoria social. No obstante, tanto la historia como la memoria convergen en los juegos del poder y en las subsiguientes instituciones que organizan la reconstrucción del pasado. Sin olvidar nunca que la investigación histórica ha de sostenerse en todo momento en un análisis crítico de las experiencias humanas y los procesos sociales, y nunca como su justificación, la historia no puede situarse al margen de las memorias que la rodean, pues la misma historiadora, al igual que el resto de mujeres y hombres, se encuentra inmerso en todas esas inquietudes que definen su realidad social. La historiadora ha de ser crítica, desmitificadora y utilizar un método riguroso, pero fiel a esa función social que debe cumplir, pues, finalmente, los conocimientos históricos terminan por transformarse en memorias colectivas.
Es cierto que cuando abordamos los acontecimientos históricos en torno a la Conquista de Navarra, difícilmente podemos hablar de memoria episódica o autobiográfica, pues en nuestro caso estamos yendo más allá de la recuperación de las experiencias vividas personalmente en un momento y espacio concreto. Dicho de otro modo, cuando hablamos de memoria histórica estamos retrocediendo en el tiempo mucho más que la historia reciente. Pero no es menos cierto que nuestro viaje de recuperación de aquellos acontecimientos sucedidos hace 500 años va a descubrirnos que gentes de este pueblo vivieron experiencias semejantes a las que distintas generaciones anteriores a la nuestra e incluso nosotras mismas hemos experimentado. Todo ello marcado por el factor de la derrota y el sufrimiento. Si cuando hablamos de recuperación de memoria, lo más frecuente es conmemorar unos hechos donde se resalta lo positivo y se omite todo aquello negativo, en casos como el nuestro se da la peculiaridad que lo negativo llega a constituirse uno de los momentos fundacionales de la memoria. Es el caso de los acontecimientos de 1512 o las derrotas de Noain y de Amaiur en junio de 1521 y febrero de 1522, respectivamente, donde 500 años después una parte significativa de este Pueblo sigue exigiendo el resarcimiento por aquel sufrimiento del pasado y las consecuencias que han tenido en nuestro presente.
Por tanto, cuando las mujeres y hombres navarros estamos recuperando lo acontecido hace 500 años, no estamos haciendo una mera recuperación de información semántica (la memoria semántica). Esa recuperación de información no implica tan sólo conciencia de saber. Aprovechándonos la licencia que tenemos, como movimiento social que somos, de saltarnos ciertas reglas teóricas y metodológicas, nos atrevemos a afirmar que esa recuperación de información sí que puede provocar el recordar, evocar y reexperimentar, si no aquellos acontecimientos (evidentemente los protagonistas de entonces murieron hace siglos), otros acontecimientos semejantes que sí han sido vividos por nosotras.
Frente a quienes defienden la historia como todo aquel pasado que no tiene actualidad, o que la única forma de conocimiento humanístico posible a propósito del pasado es encontrar la comprensión histórica de seres como nosotros que, sin embargo, vivieron en circunstancias que nada tienen que ver con las nuestras, y pese a que los especialistas rehúyen el uso del término memoria histórica, lo cierto es que ha sido asumido por la sociedad en el lenguaje cotidiano, al mismo tiempo que está cumpliendo una importante función social: mantener viva la memoria de las víctimas de regimenes dictatoriales como el franquista o el de Pinochet, así como la reconstrucción de la memoria histórica de grupos sociales afectados por procesos de invisibilización como las mujeres, la clase trabajadora o los Pueblos conquistados y colonizados. En nuestro caso, la experiencia de todo un Pueblo, el navarro, que vivió como Estado de pleno derecho hasta que un largo proceso de conquista militar iniciado siglos atrás y acelerado tras la invasión de 1512, y su posterior sumisión social, política y económica, le obligaron a perder el tren de la Historia. Como consecuencia de ese proceso, hoy nos encontramos ante un Pueblo privado de capacidad para ejercer su condición de sujeto político, encorsetado bajo las distintas administraciones francesas y españolas.
Todo proceso de recuperación de la memoria afectada por procesos de invisibilización no puede limitarse a un mero proceso de investigación científica, sino que debe ir acompañado de la participación activa de los movimientos sociales. En nuestro caso, el papel de la iniciativa 1512-2012 Nafarroa Bizirik no es otro que desmitificar las visiones impuestas por las historiografías española y francesa, sostenidas en ocultar la realidad de determinados acontecimientos históricos clave, en la formulación de medias verdades y auténticas mentiras, todas ellas insostenibles frente a un mínimo de rigor científico, aunque profundamente arraigadas en la sociedad por la imposición de esas otras culturas nacionales dominantes. Nuestra iniciativa quiere ser, pues, un espacio donde confluyan los distintos campos de investigación, políticos, sociales y culturales, una verdadera plataforma para la reconstrucción de nuestra identidad como navarras y navarros de pleno derecho.

  1. La memoria no destruida: venciendo a amnesteia.
Las manipulaciones de la historia por parte del poder han sido y son habituales. Nuestra historia no ha sido una excepción; ha sido escrita por quienes nos vencieron, o por quienes colaboraron en nuestro sometimiento. Son los vencedores quienes escriben la historia: ellos pagan cronistas, financian congresos académicos y deciden qué deben decir los libros de texto. Como nos recordaba Sarrionandia al inicio de esta comunicación, la mayoría de las veces, incluso las medias verdades suelen ser mentiras y media, y la cartografía no hace sino ocultar determinadas partes del mundo.
En las estrategias de construcción de la memoria colectiva no sólo funciona la omisión, sino también directamente la invención o la exageración. Quizá no haya invento tan fructífero en el caso español como el de la tumba del apóstol Santiago o exageración tan rentable políticamente como la del motín del 2 de mayo en el Madrid de 1808, elevado a la categoría de levantamiento nacional contra Napoleón. Lo mismo podemos afirmar sobre la figura de aquel mercenario llamado Cid Campeador, o el encuentro armado entre musulmanes y cristianos convertido en la gran batalla de Covadonga.
"Memoria histórica versus Amnesteia",
págs. 449-456.

Nosotras reivindicamos rescatar del olvido acontecimientos de hace ya 500 años, y para ello no necesitamos recurrir a la mentira ni a la exageración. Uno de nuestros objetivos es recuperar la memoria de las vencidas, de su aportación por la pervivencia de este Pueblo, de su experiencia traumática por no doblegarse al invasor. Personas con nombres y apellidos: Pedro de Rada de Murillo, torturado hasta la muerte en el otoño de 1512, el capitán Joanicot, responsable del Castillo de Garazi, asesinado en 1521, el Mariscal Pedro, muerto en la cárcel de Simancas en 1522, Belaz de Medrano y su hijo Luis, envenenados en la cárcel de Pamplona, Martin Bertiz… y todas las mujeres que sufrieron procesos de brujería, tan sólo por seguir viviendo según lo habían hecho desde tiempos inmemoriables, como Juana Botin, Joana Bereterra, Graciana Iribarren, Joana Garro… Navarras y navarros que, oficialmente, desde el momento en que el ejército invasor entró en sus tierras, dejarían de existir para convertirse en “franceses”, “brujas”, “traidores”, “ladronas”, “herejes” y “salteadores de caminos”, según la historiografía española y francesa.
Cuando hablamos de memoria histórica, ya sea cercana o, en nuestro caso, con siglos de por medio, nos estamos refiriendo a un proceso que aún no se ha cerrado, que sigue pendiente de algún tipo de resarcimiento, de una herida que todavía sangra. Estamos hablando de recuperación de la verdad, de restituir la dignidad arrebatada a las víctimas, aunque éstas vivieran, amaran y sufrieran hace ya cinco siglos. Han querido borrar de nuestra memoria colectiva (o de nuestra determinación colectiva del acto de recordar) que fuimos un estado independiente, llámese reino de Pamplona o de Navarra. Fue el estado del país del euskera, de Euskal Herria, destruido deliberadamente por las monarquías española y francesa. Lamentablemente, como consecuencia de la deliberada destrucción de nuestra memoria muchas navarras (o vascas, valga la redundancia) no sienten que Navarra forme parte de su historia. La ven como algo ajeno, diferente. Y sin embargo, para comprender la evolución política, jurídica, económica y cultural de Euskal Herria es preciso tener en cuenta la experiencia histórica que se vivió durante el reino navarro.   
Al igual que en otros procesos históricos, nosotras no queremos falsas leyes de amnistía, nuestro trabajo es un acto constante contra el olvido, contra la amnesteia. Retrocediendo una vez más al mundo clásico, vemos en qué contexto se creó el concepto de amnistía. Si una mira un diccionario griego histórico y busca la palabra “amnistía”, aparecerá como primera documentación la amnistía decretada por el Gobierno al final de la guerra del Peloponeso. Entonces, el nuevo Gobierno declaró una cosa que se llamaba amnesteia, es decir, el olvido, el olvido de todo, el olvido de lo que había pasado. Ese suceso supuso la primera amnistía de la historia, y fue una decisión política sobre hechos históricos recientes. A día de hoy, 500 años después, la ley de mayor rango en la Alta Navarra después de la Constitución española, sigue sin reconocer aquellos acontecimientos. Simplemente, no existieron. Como dice el Preámbulo de la Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento Foral de Navarra, “Navarra se incorporó al proceso histórico de formación de la unidad nacional española manteniendo su condición de Reino, con la que vivió, junto con otros pueblos, la gran empresa de España”.
2012, el quinto centenario de la conquista de 1512, constituye una verdadera ocasión para hacer un ejercicio práctico de recuperación de la memoria de nuestro pasado. En enero de 2009, el entonces presidente de la Navarra sometida, Miguel Sanz, explicaba que con aquellos acontecimientos “se conforma el presente de la Navarra foral y española. Es cuando empieza a extenderse lo que hoy es nuestro régimen foral, integrada en la España constitucional”. Para Navarra, la Navarra irredenta, han sido 500 años sin libertad, sin Estado, ocupada violentamente, sin posibilidad de decidir nuestro futuro. En definitiva, cinco siglos conquistada. Han querido someternos, han intentado borrar nuestra identidad y ocultar qué fuimos y qué somos. Nosotras no podemos celebrar una conquista. Las conquistas son para denunciarlas, divulgando lo que realmente sucedió, y gritando bien alto que perder nuestra estatalidad supuso una auténtica tragedia. Porque hoy, ya en el siglo XXI, seguimos echando en falta la soberanía que nos fue arrebatada hace ya 500 años.


[1] Joseba Sarrionandia, Hitzen ondoeza, Txalaparta, 1997, 216, 540.
[2] Casanova, Julián, “Mentiras convincentes”, El País, 14 de junio de 2005.
[3] Pérez Garzón, “Entre la historia y las memorias: poderes y usos sociales en juego”, in Pérez Garzón y Manzano Moreno, Memoria histórica, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2010, pág. 23-69.

No hay comentarios: