lunes, 13 de febrero de 2012

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant



Comuneras  
    
    Todo el poder a los barrios. Cada barrio era una asamblea.
   Y, en todas partes, ellas: obreras, costureras, panaderas, cocineras, floristas, niñeras, limpiadoras, planchadoras, cantineras. El enemigo llamaba pétroleuses, incendiarias, a estas fogosas que exigían los derechos negados por la sociedad que tantos deberes les exigía.
   El sufragio femenino era uno de esos derechos. En la revolución anterior, la de 1848, el gobierno de la Comuna lo había rechazado por ochocientos noventa y nueve votos en contra y uno a favor. (Unaminidad menos uno).
   Esta segunda Comuna seguía sorda a las demandas de las mujeres, pero mientras duró, lo poco que duró, ellas opinaron en todos los debates y alzaron barricadas y curaron heridos y dieron de comer a los soldados y empuñaron las armas de los caídos y peleando cayeron, con el pañuelo rojo al cuello, que era el uniforme de sus batallones.
   Después, en la derrota, cuando llegó la hora de la venganza del poder ofendido, más de mil mujeres fueron procesadas por los tribunales militares.
   Una de las condenadas a deportación fue Luise Michel. Esta institutriz anarquista había ingresado a la lucha con una vieja carabina y en combate había ganado un fusil Remingto, nuevito. En la confusión final, se salvó de morir; pero le mandaron muy lejos. Fue a parar a la isla de Nueva Caledonia.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008

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