martes, 12 de febrero de 2013

Pedro de Alejandría: El Ruiseñor de Arrotxapea (1º parte)


A continuación podéis leer mi última colaboración en la sección de Historia de la revista Ezkaba, correspondiente al número 202, del mes de marzo de 2013. Al final del mismo tenéis acceso a toda la revista, en la que se incluye un artículo sobre el proyecto de la Fundación Nafarroa Bizirik "Enneco: Haritzaren memoria". On degizuela!

Pedro de Alejandría:
El Ruiseñor de Arrotxapea (1º parte)

Euskalduna, artzaina, eskribaua, poeta eta editorea, bohemioa, botilaren laguna, liberala, listu sortzailea eta Arrotxapeako urretxindorra, bere burua izendatzen zuen bezala, Perikok 22 urte eman zituen gure auzoan.

Única imagen que tenemos de Periko.
El 25 de noviembre de 1817, a las 19:45 horas, una persona se acerca al Hospital General o Inclusa de Pamplona, situada en la calle de la Cuesta de Palacio. Una vez en el edificio, coloca en el torno una criatura recién nacida, para acto seguido girar el mismo, acompañado del incesante sonar de una campanilla, hasta perder de vista a un bebé que no llegaría a conocer a su madre ni a su padre biológicos. No obstante, al otro lado del torno, las ropas serían guardadas en un bolso o saquito en armario o anaquel cerrado bajo llave, por si en un futuro, caso bastante improbable, sirviesen de ayuda en su identificación.
Esta escena se repetía con demasiada frecuencia en aquella Pamplona del siglo XIX. En el caso que nos ocupa, el Libro de Entradas de Expósitos de la Inclusa de aquel año 1817 recoge la primera información que tenemos sobre Pedro de Alejandría: “Por el torno llegó un Niño con un papelito simple en que está escrito lo siguiente: “este Niño tiene dado agua [que le alimentaron, seguramente con azúcar y agua] y está sin Bautizar”, se recibió envuelto en una camisita de lino, un pañuelo de bayetón pardo de tres esquinas, de tres cuartos de largo; una faja de lana de listas y otros dibujos de pañizo encarnado y verde, cinco dedos de ancha y vara y media de larga; y una cofia de lienzo con encaje de hilo por delante. Toda la ropa estropeadísima, excepto el pañuelo que está en un mediano estado. El día siguiente se le bautizó en el Santo Hospital y se puso por nombre Pedro de Alejandría. En 16 de Diciembre de 1817, se dio a Micaela Ezcurra, mujer de Cristóbal Esaín, residente en esta Capital, Calle Descalzos número 32”.
Nacido entre el 15 y el 25 de noviembre de 1817 y fallecido el 29 de septiembre de 1875, Pedro de Alejandría, Periko, euskaldun, pastor, pregonero, escribiente, poeta y editor, bohemio, amigo de la botella, liberal, fabricante de saliva y Ruiseñor de la Rochapea, como él mismo gustaba denominarse, estuvo ligado a nuestro barrio durante 22 años. Sus actitudes nada acordes con aquella Pamplona de supuestas gentes de bien, de mucho orden, rosario y misa diaria, hicieron que su nombre fuera acompañado de un sinfín de calificaciones como maltrabaja, mequetrefe, hazmerreír, persona de poco juicio y borracho habitual. Su propio nacimiento, nombre y las circunstancias de su muerte han estado acompañados, durante todo este tiempo, de una aureola de misterio alimentada por hombres de letras que para nada han hecho honor a la verdad de nuestro personaje.
En efecto, su nombre nada tiene que ver con una supuesta comedianta italiana que nunca llegó a estar en Pamplona, ni con otras geografías mediterráneas, sino que responde a la costumbre de la época de bautizar a las criaturas recién nacidas según el santo o santa del día correspondiente, en este caso San Pedro Alejandría, obispo martirizado, según la tradición cristiana, el 26 de noviembre del año 311. Lo mismo podemos afirmar sobre la fecha y circunstancias de su muerte. Pese a haberse escrito que “Su muerte debió ocurrir hacia el 8 de octubre de 1875, y se cuenta que al ir a enterrarlo se apropiaron los carlistas del ataúd, permaneciendo insepulto algún tiempo, hasta que fue enterrado en Ororbia”, su fallecimiento está claramente recogido en el Libro de finados, en el Registro Civil del Juzgado de Pamplona: “En la Ciudad de Pamplona, a las diez de la mañana del día veinte y nueve de Septiembre de mil ochocientos setenta y cinco […] D. Pablo Cadena, natural de esta Ciudad, viudo, mayor de edad, domiciliado en la Calle Pellejería número uno, cuarto principal, manifestando que Pedro Alejandría, natural de la Casa Maternidad y Expósitos de esta Ciudad, de cincuenta y siete años de edad, falleció en la misma Casa cuarto tercero a las cuatro de la tarde del día de ayer, a consecuencia de pulmonía, de lo cual daba parte en la debida forma como vecino del finado”.
Pero volvamos a la Inclusa de Pamplona. Como recoge el documento citado más arriba, aquel bebé de tan sólo unos días, fue rápidamente bautizado y, tres semanas más tarde, dado en adopción al matrimonio Micaela Ezcurra y Cristóbal Esaín, residentes en la Calle Descalzos. Sin lugar a dudas, Periko tuvo suerte. Al cumplir los siete años, los niños que no eran adoptados abandonaban la Inclusa para trasladarse al hospicio conocido como Casa seminario de los niños huérfanos. Aunque teóricamente el objetivo del mismo era educarlos, el propio nombre con que comúnmente se les conocía, Doctrinos, da una idea del proceso de adoctrinamiento al que eran sometidos, siempre siguiendo las directrices marcadas por la doctrina católica, apostólica y romana. A la edad de 12 años, esos jóvenes se mudaban a la Casa de la Misericordia con el objetivo de aprender un oficio, a la espera que pudiesen ser autónomos para hacer frente a la vida. Periko, pues, se libró de todo ello.
Pedro de Alejandría consta ya en el padrón de 1818 como miembro de la familia Esaín, en el número 32 de la calle Descalzos del conocido como barrio de las Carnicerías Viejas y Carpinterías, en el burgo de San Cernín. Cristóbal Esain era un pastor jornalero euskaldun (vasco parlante) de 42 años, natural de Zuriain, localidad situada a 13 kilómetros de la capital. Micaela Ezcurra, de 34 años, era nacida en Berrioplano, perteneciente a la Cendea de Ansoain, a unos 7 kilómetros de Pamplona.
La muerte de su padre adoptivo en 1828 va a suponer grandes cambios en la familia. Ese mismo año, su hermana Antonia se casaría con el pastor Jacinto Arbilla, trasladándose toda la familia a la casa número 10 de Arrotxapea, conocida entonces como Juslarocha. En adelante, su madre Mikaela aparece en los padrones con la profesión de pastora, actividad en la que Periko se inició con tan sólo 10 años, en un barrio del que se sentiría siempre muy orgulloso, llegando a autodenominarse El ruiseñor de la Rochapea.


* Revista Ezkaba, nº 202, febrero de 2013:




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