jueves, 18 de julio de 2013

Valle del Roncal: Memoria e Historia

   Burgi, Izaba, Erronkari... cinco días escuchando el silencio de unos parajes que tienen mucho que contar: una dura conquista militar que no acaba de concluir, represión y dolor contra gentes de izquierda y abertzales, mujeres trabajadoras...

   Un castillo navarro.
Recuperando un lugar de la memoria: Burgi.
Fotografía: Patxi Abasolo (2013-julio).
   Un silencio impuesto hace ya 500 años, rasgado gracias al mojón colocado por la Iniciativa Nafarroa Bizirik en el mismo lugar donde se encontraba el castillo navarro de Burgi. Fue una de las fortalezas más importantes de la merindad de Sangüesa, y referencia en la defensa del valle del Roncal.
   La primera información data del año 1193, cuando se menciona al tenente Miguel de Lerat. En 1198 fue conquistado por los aragoneses, y devuelto tras las treguas firmadas entre el rey navarro Sancho VII, el Fuerte, y Pedro II de Aragón. En el año de la conquista de Navarra -1512- es tomado por los castellanos y recobrado meses después por el ejército navarro al mando del rey Juan de Albret, siendo uno de los episodios decisivos en el intento de recuperación del reino.
   Se mandó destruir en 1519, junto con el de Sangüesa, por orden de Castilla.
   Las gentes del Roncal mostraron fidelidad a Navarra durante su historia, soportando incluso el fusilamiento en masa por defender su valle. La frase labrada en el monumento a los Fueros resume su homenaje: "A los defensores de las libertades navarras".

   Una placa conmemorativa.
Cementerio de Izaba.
Fotografía: Patxi Abasolo (2013-julio)
   En el cementerio de Izaba se alza una placa conmemorativa en recuerdo de "Las víctimas de la Guerra Civil", como si la Guerra Civil fuese un monstruo nacido por generación espontánea, sin nombres y apellidos, sin víctimas y sin verdugos. Un buen ejemplo de desmemoria, un mal ejemplo de Memoria Histórica. En aquellos días de guerra (1936-39), en una zona que no la hubo, la prensa recogía noticias como la siguiente: "ISABA. En el fondo de un barranco de 12 mts. por el que según todos los indicios se precipitó atado de pies y manos, ha aparecido muerto el pastor Cipriano Gárate Ansó, que presentaba entre otras heridas fractura de cráneo".
   De Izaba se marcharon 69 personas, principalmente jóvenes, varones y de izquierdas. Otras cinco personas de fueron asesinadas. Baldomero Ederra y Augusto Labairu (maestro en Pamplona) fueron fusilados. Otro maestro, Sebastian Ezker, consiguio pasar a la zona republicana. Detenido y reconocido por gente del pueblo, fue fusilado en Bujaraloz (Zaragoza). Otro hermano de éste, escapado como él, quedó inútil de las manos en el frente republicano. Refugiado posteriormente a Francia, tras la invasión nazi, los alemanes lo asesinaron con una inyección letal por no ser útil para el trabajo. A Manuel Marco lo detuvieron tras la caída de Asturias, donde estaba de Guardia de Asalto, y lo fusilaron después de recibirse informes del pueblo. Los otros dos son el telegrafista Facundo Arrizubieta y Manuel Sanz, éste último fusilado en la vuelta del Castillo la mañana del 10 de diciembre de 1936.
  El resto de fallecidos o desaparecidos, algunos de ellos muy posiblemente fusilados, son pertenecientes al grupo de personas escapadas.
  El 25 de agosto la Guardia Civil, siguiendo órdenes de la Comandancia Militar, pone de alcalde a Ubaldo Hualde, y el médico Echenique aparece como jefe de Falange de Izaba.
   La Guerra Civil, pues, no fue la responsable. Hubo quienes murieron y asesinaron por su Dios, su Patria y su Rey, y otros que mataron y murieron por soñar con un mundo mejor y más justo. No hay placa que pueda cobijarlos juntos.

   Un hombre famoso y cientos de mujeres anónimas.
Lavadero de Erronkari
Fotografía: Patxi Abasolo (2013-julio)
   ¿Quién no conoce al tenor roncalés Sebastián Julián Gayarre (1844-1890)? En otro rincón del pueblo Erronkari, una placa recuerda la historia de un lavadero ahora en desuso. Situado en el barrio Arana, data del año 1771, restaurado finalmente en 1996. En una piedra puede leerse la siguiente inscripción: "Marichalar me fecit. Año 1771".
   Los lavaderos se nutrían de manantiales procedentes de la vertiente más soleada del monte, estables en temperatura y caudal de agua blanda, mucho más adecuado para el lavado de la ropa que la de las zonas sombrías de la montaña.
   Todo un monumento a la mujeres trabajadoras, y uno de los pocos espacios de sociabilidad para las mísmas, un lugar donde poder compartir penas y alegrías o, cuando menos, ese silencio cómplice donde todo se sabe sin tener que emitir palabra alguna. Que sean estas líneas nuestro más sentido homenaje a todas vosotras, a las mujeres de entonces, y a las de ahora.
   

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