martes, 20 de agosto de 2013

Año 824: Batalla de Orrega, nacimiento de un Reino

   La semana pasada recordamos en Orreaga la victoria de los vascones contra el Ejército de Carlomagno acaecida en el año 778. Menos conocida es la batalla de Orreaga de 824, auténtica semilla de la que, finalmente, germinaría el Reino de Nabarra. Así nos narra Carlos Aurensanz aquellos sucesos en su maravillosa novela Banu Qasi: Los hijos de Casio (Ediciones B, 2011, págs. 428-434):

Año 824, 208 de la hégira

   La celebración de la fiesta de San Juan había quedado atrás, pero una espesa niebla por encima de sus cabezas les impedía ver las cumbres en el paso de Roncesvalles. La sola mención del lugar evocaba en Eblo recuerdos de su infancia cuando, impresionado, escuchaba a los juglares que recalaban en la capital de la Gascuña relatar los acontecimientos sucedidos en aquel lugar. Aún recordaba haber tenido durante días pesadillas en las que los terribles vascones degollaban sin piedad a cuantos le rodeaban, y despertaba envuelto en sudor cuando llegaba su turno.
   [...] La vanguardia del ejército había iniciado el ascenso hacia la cumbre al amanecer, tratando de mantener la columna lo más compacta posible. [...] Una avanzadilla de quinientos hombres abría la marcha, y a cierta distancia les seguía el grueso del ejército. Los condes Eblo y Aznar cabalgaban en la parte posterior de ese grupo, y a su espalda cerraba la columna un contingente de mil hombres bien armados. La zona más próxima a la cumbre, a pesar de la niebla que no tardaría en caer de nuevo sobre ellos, era el último lugar seguro antes de alcanzar el llano decenas de millas más adelante, y los comandantes de las tropas francas decidieron dar el alto para pernoctar allí. Dispondrían así de la posterior jornada completa para sortear los desfiladeros y alcanzar terreno seguro antes de que cayera la noche. Los rústicos refugios de lona de cáñamo se dispersaron en las vaguadas cercanas a la cumbre, y en cada promontorio se estableció una guardia permanente de cuatro hombres.
   Fue una noche larga para todos, en la que pocos pudieron conciliar un sueño verdaderamente reparador, y con el amanecer retornó la actividad [...].
   Antes de la partida, el ambiente que se respiraba era tenso, los hombres esperaban taciturnos sentados en grupos u ocupados en atender a las cabalgaduras. La moral de las tropas se había derrumbado después de la humillación que había supuesto para ellos tener que abandonar el asedio [a Pampilona] apenas iniciado, y nadie había mencionado en los últimos días las historias que circulaban sobre aquellos parajes y sus nativos, descritos en las crónicas francas que circulaban en boca de narradores y juglares como pérfidos guerreros dados al engaño, la sorpresa y la rapiña.
   [...] El conde Eblo dio orden de partida a las primeras unidades. Los restos humeantes de las hogueras se confundían con los jirones de niebla que descendían desde las cumbres más elevadas del entorno. Los relinchos de los caballos y las voces de los caballeros se perdían tragados por la bruma de aquella mañana húmeda y triste.
   Cuando por fin se inició el descenso, las inhóspitas praderas de las cumbres se fueron transformando en vegetación cada vez  más densa y desarrollada, y la formación inicial de a cuatro se redujo a la mitad al penetrar en los estrechos caminos que serpenteaban por la ladera.
   Cuando partieron ambos condes desde la cima, las primeras unidades se encontraban a dos millas de distancia en dirección al fondo del valle. Detrás de ellos, los carros y las mulas con la impedimenta que acompañaban a la retaguardia avanzaban a duras penas. En algunos tramos atravesados por arroyos que bajaban de las cumbres en busca del río, el paso de miles de hombres y el casco  de las cabalgaduras habían convertido la senda en una trampa de agua y fango, donde se hacía necesario el esfuerzo de hombres y animales para arrancar las ruedas del barro. Los oficiales comenzaban a dar muestras de inquietud por el retraso respecto a la vanguardia, que avanzaba a buen paso hacia la salida del desfiladero, una vez superada la zona más peligrosa, donde el camino bordeaba una garganta desarbolada y sin protección.
   La primera señal de alarma procedió de los altos que acababan de abandonar. El inconfundible sonido de un cuerno de caza soplado con maestría reverberó en las paredes rocosas que comenzaban a aprisionar el camino. [...] Lo que [el conde Eblo] oyó a continuación le heló la sangre: los cuernos sonaban ahora por encima de sus propias cabezas, en las cumbres que desde el fondo del desfiladero resultaban invisibles. Los hombres más cercanos detuvieron la marcha y todas las miradas se volvieron hacia él en busca de una explicación que no podía dar.
   - ¡Pretenden inquietarnos! - gritó a sus hombres-. ¡Están a nuestras espaldas y no tenemos nada que temer!
   Un rugido ensordecedor desmintió sus palabras. Aunque la espesura del bosque que les rodeaba impedía apreciar el origen del estruendo, nadie tuvo dudas de que se trataba de un desprendimiento de rocas desde lo alto. Al cesar el ruido llegaron hasta ellos gritos lejanos propagados entre las paredes del cañón, cada vez más próximas. Los hombres echaron mano a la empuñadura de sus espaldas, y los caballos se revolvían inquietos contagiados por el nerviosismo de los jinetes.
   Eblo y Aznar avanzaron hacia el frente bordeando el camino, hasta llegar al punto donde la ladera perdía su cubierta de árboles y arbustos para dar paso a un desfiladero casi excavado en la roca. Desde allí, unos cientos de codos más adelante, pudieron observar el origen del estruendo: una gran masa de roca y tierra que aún se deslizaba hacia el río bloqueaba por completo la ruta que seguían. Los soldados, cubiertos de tierra y polvo, trataban de sacar de entre los escombros a otros compañeros de armas, y algunos cadáveres de hombres y bestias habían sido arrastrados hasta la corriente. Los rostros reflejaban temor y desconcierto, y las miradas se dirigían del camino obstruido a las laderas del monte, donde quizás esperaban ver desplomarse sobre ellos a los causantes del desprendimiento.
   [...] La niebla que había cubierto los montes desde la mañana no era ya tan espesa, y la luz que atravesaba parecía más diáfana. Eblo dirigía su mirada hacia las cumbres aún ocultas sin poder evitar la aprensión que lo atenazaba. Y entonces sucedió. Los hombres que trataban de abrir el paso, en su mayor parte desarmados, vieron caer sobre la ladera orientar el ejército de demonios cubiertos tan sólo con pieles y emitiendo los desgarradores gritos de guerra descritos en las historias épicas que tantas veces habían escuchado.
   Eblo y Aznar, con la sangre helada en las venas, gritaron enfurecidos tratando de ordenar la defensa. Antes de entablar batalla, vieron descender de la ladera centenares de atacantes vascones, que al poco fueron seguidos por otros pertrechados con la inconfundible indumentaria musulmana. Los sentimientos de sorpresa y miedo experimentados al inicio del ataque dieron paso a una rabia inmensa tras asimilar que eran víctimas de una nueva emboscada por parte de los mismos a quienes habían acudido a combatir, y ciegos de ira ajustaron sus yelmos, empuñaron sus espadas y se lanzaron al ataque dispuestos a dejar allí sus vidas.
   Desde un pequeño promontorio, Enneco y su hijo, Musa, García el Malo, Fortuño y algunos de los jefes vascones observaban el ataque de sus hombres, que llevaba camino de convertir aquel desfiladero en el escenario de una carnicería. Eblo y Aznar, incapaces de manejar sus monturas en aquel reducido espacio, pusieron pie en tierra y entablaron una lucha cuerpo a cuerpo que sabían perdida de antemano. Los soldados francos sucumbían ante sus ojos, sin esperanza de recibir ayuda desde el lado norte del desfiladero, donde la vanguardia del ejército en retirada había sido incapaz de retroceder para alcanzar el escenario de la emboscada, si es que no había huido en desbandada.

   El sol se adivinaba ya sobre sus cabezas cuando los dos condes derrotados y magullados, cubiertos de polvo y sangre, fueron conducidos ante Enneco. [...]
   García se volvió hacia Musa y Enneco.
   - Deseo que este hombre [Aznar] sea liberado para regresar al lugar de donde no debería haber vuelto.
   Enneco se adelantó hacia ambos.
   - Así se hará si es tu deseo. No imagino mensajero más apropiado para transmitir a Ludovico el recado que le haremos llegar. -Enneco se acercó al conde-. Dile a tu rey que el pueblo vascón no acepta más autoridad que la emanada de sus propias gentes. Quizás en el pasado no supimos defender nuestro suelo, pero las cosas han cambiado. Tienes frente a ti a los representantes de Aragun, Pampilona y las tierras del Ebru, que sabremos unir de nuevo nuestras fuerzas para defender nuestro país. Estas montañas han sido por dos veces el muro en que se han estrellado las ansias de conquista de los emperadores francos, y no dudes que volverán a serlo. Que tu soberano no espere amenaza de nosotros si no alza sus armas en nuestras tierras. Mas, si lo hace, viéndote regresar podrá vislumbrar su destino.
   Aznar se mantenía altivo, pero su expresión había cambiado.
   - Lleváoslo - ordenó el vascón.
   Enneco se dirigió hacia el conde Eblo.
   - En cuanto a ti... si García ha decidido el destino de Aznar, dejaré que sea Musa quien decida el tuyo. ¿Qué dices, hermano?
   Musa se aproximó a ambos. Una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro.
   - Si Aznar va a ejercer como emisario ante Ludovico, quizás Eblo sea un buen presente para el emir... todo un conde de Gascuña. Propongo enviarlo a Qurtuba cargado de cadenas, junto con la noticia de esta victoria y del fin de la amenaza carolingia sobre nuestras tierras.
   







No hay comentarios: