viernes, 8 de noviembre de 2013

Jacinto Ochoa y la Fuga de Ezkaba de 1943


Jacinto Ochoak prestatutako ihesaldiak ez zuen zer ikusirik 1938ko maiatzean bizi izandako zalantzekin eta ziurgabetasunarekin. 1944ko bigarren horretan, Jacintok eta Felipek lortu egin zuten Pirinioak zeharkatzea.

Jacinto Ochoa
Jacinto Ochoa, preso político que participó en la evasión del penal en 1938, se encontraba cumpliendo condena en la prisión de Porlier (Madrid). Era el año 1943, el curso de la II Guerra Mundial se iba decidiendo en contra de los aliados de Franco, Hitler y Mussolini, y Jacinto se encontraba impaciente por intervenir activamente en la restauración de la República. Pero tenía que solucionar un problema, cómo escapar de la cárcel.
Pocos meses después de ingresar en Porlier supo que el penal del Fuerte de Ezkaba, que se había convertido en sanatorio antituberculoso, se necesitaban reclusos voluntarios para desempeñar las funciones de enfermeros. El Fuerte significaba estar más cerca de casa y, sobre todo, más cerca de los Pirineos. Así que, acompañado de Felipe Celay, solicitó el traslado a la capital Navarra. El 24 de junio de 1943, Jacinto y Felipe fueron conducidos a la Cárcel Provincial de Pamplona, siendo trasladados al Fuerte el día 17 del mes siguiente.
Sigamos, a continuación, la crónica escrita por Jose Luis Díaz Monreal sobre la segunda evasión de Jacinto Ochoa, la cuál, esta vez sí, concluirá con un final feliz.[1]
Ed: Ahaztuak 1937-1977, 2013.
“Parece ser que su comportamiento era modélico. Se supone que ya se encontraba maquinando su propia actuación. Era necesario portarse bien, para no despertar sospechas y para poder disponer de mayor libertad […] Jacinto con 26 años y un hambre insaciable, era capaz de comerse las sobras de sus compañeros enfermos, sin escrúpulos, ni temores a ser infectado […].
El administrador del penal deseaba rodearse de penados que estuviesen sanos, por el temor al contagio y eso supuso que a Jacinto le diesen a los pocos meses de estar allí otro destino. Mejor dicho, otros destinos, puesto que se encargó de recoger los giros postales y repartirlos entre los reclusos, al mismo tiempo que se le encomendó la labor de mantenimiento de la bomba de agua, que en determinadas épocas llevaba el líquido al fuerte. Ambos empleos le permitieron una libertad de movimientos y un conocimiento de las instalaciones de San Cristóbal, que hicieron reforzar en él sus deseos de huir, puesto que comprobó que la posibilidad de hacerlo con éxito era real, confirmando lo que pensaba cuando pidió el traslado.
Eran muchos los años de condena que le quedaban y había que irse. Lo habló con Felipe Celay, el cuál estuvo de acuerdo y se pusieron manos a la obra. Era ya el año 1944 […].
El primer problema que era necesario solucionar era la elección del lugar por el que iban a escaparse. Después de sopesar las diferentes zonas del Fuerte que ofrecían dicha posibilidad se decantaron por una pequeña ventana del almacén o despensa de la cocina de los funcionarios. Estaba situada a unos cuatro metros y medio del suelo, era de reducidas dimensiones, 52 centímetros de altura por 30 de anchura, y en el centro existía una barra de hierro de forma cuadrangular. La abertura era de reducidas dimensiones pero calcularon que con un poco de habilidad podrían introducirse por ella.
Daba a un pequeño patio, aislado de las dependencias de los reclusos y a partir de aquel lugar resultaba fácil acceder al exterior del recinto carcelario atravesando un reducido túnel por el que se accedía a la puerta próxima a una pequeña hondonada, fuera del alcance del centinela, y próxima también al túnel que comunicaba con al avanzadilla por la que se bajaba al foso, y de allí por las escaleras que del mismo daban acceso al exterior, salir al monte. El lugar era perfecto. Sin embargo, presentaba un inconveniente, y era la altura de la ventana, con el peligro inherente de que se produjeran algún tipo de torcedura al saltar, y ello trajera consigo que el proyecto de fuga se abortase. Dicho inconveniente  se vio que quedaba prácticamente eliminado, dado que el suelo del patio aunque era de adoquines, estaba recubierto de escombros que con la humedad reinante en la zona, en la que apenas daba el sol. Formaban una capa de barro que a no dudar iba a mitigar el golpe de la caída.
Solucionado la elección del lugar, había que buscar la manera de penetrar en él. La despensa de la cocina de los funcionarios tenía una puerta de entrada de doble hoja cerrada con un vetusto candado. Se pusieron mano a la obra.
Lo primero fue fabricar una ganzúa con la que forzar la puerta, para lo cual se sirvieron de una lata de sardinas, a la que con paciencia fueron recortando, plegando y puliendo, hasta conseguir la forma y el tamaño adecuado […].
Un aspecto muy positivo que presentaba el local elegido era que las llaves del candado solamente las tenía un funcionario, Victorino García Galvete, el cual trabajaba cuarenta y ocho horas seguidas y descansaba otras cuarenta y ocho. Cuando se marchaba del Fuerte se llevaba las llaves consigo y por lo tanto nadie podía entrar en el lugar. Con lo cual, se disponía de dos de cada cuatro días para actuar libremente en su interior […].
Ahora debían encontrar la manera de serrar el barrote. El único lugar del Fuerte en el que había una sierra de metales era el taller de la fragua. En esto también tuvieron suerte. El funcionario encargado de la fragua tenía además a su cargo la barbería y el grupo de obras… Debido a la escasez de personal se veía obligado muchos días a salir con un grupo de catorce o quince reclusos a realizar diferentes trabajos en el exterior del Fuerte…, por lo que después de abrir la fragua por la mañana dejaba a los reclusos allí empleados, solos […].
Cogían la sierra del taller, abrían el candado con la ganzúa, y una vez dentro lo volvían a colocar con mucho cuidado. Luego arrimaban la caldera al sitio adecuado y subiéndose sobre ella accedían a la ventana y serraban el barrote. Primero por la parte superior, y más tarde por la inferior […].
Cada día, una vez terminada la faena, y haciendo gala de una gran meticulosidad e imaginación, recubrían las zonas cortadas con un poco de chocolate que llevaban para tal efecto. De esa forma, cualquiera que pasara por el exterior de la ventana, que se hallaba a cuatro metros y medio del suelo, aunque se quedara mirando no observaría ninguna anomalía. La operación de aserrado duró ocho jornadas”
El día 6 de septiembre, poco antes de las tres, los dos amigos se dirigieron a la despensa, y después de
Los ex-presos Jacinto y Leopoldo con familiares
de los fugados
abrir el candado, trepar hasta la ventana y serrar el barrote, saltaron al exterior.
“Fue así como se encontraron fuera de la despensa sin sufrir ningún daño y siguiendo el recorrido previsto, marcharon por el pequeño túnel por el que salieron a una puerta próxima a una hondonada que se hallaba fuera de la vista de los guardias civiles que montaban la vigilancia exterior del Penal y de allí al túnel que comunicaba con el lugar conocido como la “Avanzadilla” por la que bajaron al foso, y desde allí subieron por las escaleras que desde el mismo conducían al exterior. Estaban libres. A partir de aquel momento, tenían que encaminarse lo más rápidamente posible hacia la frontera. Necesitaban hacer valer las horas de ventaja que suponían iban a llevar a sus perseguidores.
Felipe Celay era nacido en Abaurrea Alta, en casa Dómine, y en consecuencia buen conocedor de esa parte del territorio navarro, muy cercano a la frontera. Y, hacia allí se dirigieron a campo través lo más rápido que pudieron, intentando poner tierra de por medio entre ellos y el Fuerte… A la mínima presencia de seres humanos se escondían y esperaban su desaparición para continuar la marcha. Daban rodeos para evitar todos aquellos lugares humanizados (pueblos, caseríos, cuarteles militares y de la Guardia Civil, cabañas de carabineros) […].
La primera persona que se dio cuenta de la fuga fue el funcionario José Salazar López de Armentia, cuando comprobó que Jacinto no había acudido a la cena. De Felipe no se enteró, puesto que unas veces comía con los demás y otras en la cocina. Eran las veinte horas. Hacía cinco que se habían fugado […].
Pasadas las doce de la media noche […], el sargento Proyecto al frente de la mitad de fuerzas destacadas en San Cristóbal inició la persecución de los evadidos. Éstos habían dispuesto de nueve horas de ventaja [...].
Se interrogó a los funcionarios, al cocinero y a otros reclusos y nadie sabía nada, ni había visto nada […].
El 8 de setiembre por la mañana, los dos fugados atravesaron la frontera. Habían llevado a buen término la fuga”

Texto: Patxi Abasolo López
Fotografía: Díaz Monreal 
[Ezkaba aldizkaria, 209. zka., 2013ko azaroa, págs. 16-18]  
      


Para leer la revista íntegramente:







[1] José Luis Díaz Monreal, Jacinto Ochoa, la prisión más larga, Ahaztuak 1937-1977, 2013, págs. 115-

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente el homenaje a un comunista ejemplar, un marxista leninista que ante la deriva del PCE formo en nafarroa el PCPE para luchar por la republica y el socialismo.