miércoles, 5 de febrero de 2014

José Zarranz Aldabe: pastor en Nevada y California (1964-69)

De Muskitz a Arrotxapea pasando por Nevada
y California (tercera y última parte)

 José Zarranz 1930. urtean jaio zen, Muskitzen. Sei urteko umetxoa izanik hasi zen jada lanean. 1970ean Arrotxapeara etorri zen bizitzera. Aurretik, ordea, bost urte eta erdi eman zituen AEBetan artzain gisa.

José Zarranz con su rebaño en Nevada.
En la Ezkaba de junio de 2013 (nº 206) publicamos la primera entrega sobre la experiencia de José Zarranz Aldabe en tierras americanas, donde trabajó durante cinco años y medio como pastor, desde el año 1964 hasta su regreso en 1969. En aquella ocasión acompañamos a nuestro vecino Zarranz desde su localidad natal, Muskitz, hasta su llegada al rancho de Nevada (Estados Unidos). Al día siguiente, provisto de un perro, un burro, provisiones y una tienda de lona para pasar las noches, tuvo que partir con un rebaño de más de 1.000 cabezas, a un destino que el duro invierno presentaba como algo más que incierto.
Fueron cinco largos años marcados por la soledad de los días y las noches. Sólo bajaba al rancho una vez al año, período que podía oscilar entre una y tres semanas, según durasen las tareas a realizar (apareamientos, nacimientos, castraciones…). Como pudimos ver en la segunda entrega de diciembre de 2013 (nº 210), eran jornadas de intenso trabajo.
Especialmente duros fueron los dos primeros años, marcados por un invierno realmente crudo. Como nos cuenta José Zarranz, “al principio lo pasé muy mal, desde California a Nevada, nevando sin parar, perdido, andando… Recuerdo que tenía que pasar un desfiladero, un paso muy difícil, tan estrecho que sólo pasaba una oveja, y con un suelo de rocas peligrosísimo. Las ovejas no querían pasar, hasta que puse primero la cabra, y a continuación fueron pasando las ovejas, una a una, cuando de repente se cayó el burro, con el rifle y las provisiones. Allí quedó, tieso y con las patas hacia arriba. Pese a lo peligroso de la bajada, tuve que bajar a por las provisiones. El rifle quedó hecho mil pedazos. Cargué al hombro las municiones, y escalé de nuevo hasta el rebaño”. Las temperaturas eran tan bajas que “nada más orinar se helaba”.
Pero Zarranz no tiene recuerdos especialmente malos de todo aquello. Al contrario, se alegra de haber tomado aquella decisión, pues fue una experiencia provechosa y enriquecedora. ¿Cómo quejarse del trabajo, por duro que fuese, cuando aquel niño de 6 años ya había sido sacado de casa "para trabajar como criado” en casa de unos familiares pudientes? A los 8 años realizaba el duro oficio de labrar y revolver la tierra con la laya, entre otras tareas, sin jornal alguno, a cambio de techo y mantenimiento. Así vivió el niño Zarranz, como lo haría también el joven, que tras residir en casa durante unos escasos meses, cumplidos ya los 18 años, marcharía a otro pueblo para seguir “sirviendo”. No fue fácil la vida para los cuatro hijos y siete hijas de los Zarranz. La madre murió mientras José se disponía a partir a Nevada, y ni tan siquiera pudo despedirse de los hermanos que se encontraban trabajando en el bosque de Irati y en la zona de Lyon (Francia).

Nevada, Muskitz, Arrotxapea.
José Zarranz en el rancho.
Volvamos a Nevada, para acompañar a José en su viaje de vuelta. Fue el 9 de noviembre de 1969. Sin saber aún que ya no regresaría al pastoreo, del aeropuerto de Madrid viajó a Bilbo en compañía de dos pastores vizcaínos que también volvían a casa, donde cogió un taxi que le llevó a Muskitz. Eran las diez de la noche cuando José llegó a la puerta de casa, sintiendo que, en el interior de la vivienda, el perro de la familia olisqueaba inquieto, nervioso, pero sin ladrar una sola vez. Habían pasado cinco años y medio sin verlo, pero el perro sabía que la persona que se encontraba fuera era el quinto de los hermanos Zarranz. Tomás abrió la puerta, y José se fundió en un abrazo con su hermano, su aita y sus dos hermanas, quienes alargaron la velada hasta la medianoche.
Tras unos meses conviviendo con la familia, leyó en la prensa que se vendía un piso en la Avenida Gipuzkoa 28, en Arrotxapea, junto a las Hermanitas de los Pobres. Eran 300.000 pesetas de la época (1.800 €), y no había mejor manera de hacer uso lo ganado en América. José adquirió la casa, un viejo Seat 600, y empezó a trabajar en la central lechera Copeleche, situada en “la playa” de San Pedro y trasladada en 1975 al polígono de los Agustinos. Ese año, 1975, José se casó con Tere Fadrique, desplazándose a Bernardino Tirapu, donde han vivido hasta el año 2006, residiendo en la actualidad en la calle Otsagabia. Con la jubilación, tras 23 años trabajando en la misma empresa, José Zarranz cerró definitivamente aquel largo paréntesis abierto con tan sólo 6 años, cuando no tuvo más opción que la de trabajar para sobrevivir en un mundo que no debería porqué ser así.
Atrás han quedado los tiempos de las layas; los duros inviernos de Nevada; aquellos pastores mejicanos sin papeles que no aspiraban más que a evadirse entre alcohol y disolvente, tras siglos y siglos de derrotas y humillaciones; el Seiscientos y la Rotxa del bar Corralillos; huelgas, paros y grises en un barrio de obreros y hortelanas… No así la sonrisa de José Zarranz y Tere Fadrique, reflejo de la satisfacción y el orgullo de ser lo que son, dos gotas más en esta playa rotxapeana de gentes trabajadoras. Ongi bizi, bikote!

Texto: Patxi Abasolo López
Fotografía: José Zarranz
Ezkaba aldizkaria, nº 212, 2014ko otsaila, págs. 4-5.




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