domingo, 11 de mayo de 2014

La Gau Eskola de Ana Gastesi, 1979-1986 [2ª parte]

   La revista Ezkaba de mayo [http://issuu.com/ezkabarotxapea/docs/2014-5] ha publicado, en su seccióon de Historia, la segunda entrega de "La Gau Eskola de Ana Gastesi", una serie de artículos que rescatarán la experiencia de Ana Gastesi como irakasle entre los años 1979 y 1986 en nuestro barrio. En esta ocasión, hemos recogido la experiencia del primer curso ofertado en su piso de la calle Urzainki.


Monasterio de San Pedro junto al Arga, A.M.P

La Gau Eskola de Ana Gastesi (2)
El primer curso en el piso de la calle Urzainki

Texto: Patxi Abasolo López

1979. urtean, Ana Gastesik Gau eskola bihurtu zuen Urzainki kaleko bere etxebizitza. Beti irribarretsu, auzokide askorengan zabaldu zuen euskararekiko maitasuna. Berehala txiki gelditu eta tokiz aldatu behar izan zuen.

“Kualitate guztien artean
Retrato de Ana Gastesi, Txema Belasko
bere irribarre, umorea eta izate
hartuko nituzke.
Bere hazi hor dago,
guri dagokigu usteltzen ez uztea”

Josune Arriaga

Arrotxapea había conocido la evolución que el movimiento obrero había experimentado por estas tierras en la década de 1970. Las luchas de carácter básicamente laboral, fueron transformándose en reivindicaciones políticas a favor de un escenario democrático donde se garantizaran todas las libertades. Los gritos por unas condiciones de trabajo dignas se fundían con exigencias de libertad de prensa, a favor del euskera, la amnistía o la autodeterminación, y las calles se convirtieron en escenario de mil y una batallas, conociéndose a la actual Marcelo Celayeta como la Avenida de las Barricadas.
No fueron fáciles los años siguientes a la muerte del dictador Francisco Franco. Poco a poco, la reforma política fue imponiéndose a una ruptura democrática que seguía siendo reclamada por un amplio abanico de organizaciones políticas y movimientos populares. Finalmente, la llamada Transición daría a luz un sistema de monarquía parlamentaria incapaz de cortar el cordón umbilical con quienes sustentaron cuarenta años de horror y desmemoria. Los movimientos populares continuaron sacando a la calle todas las reclamaciones que seguían aún sin atender.

Movimiento de euskaldunización
También fue la época en que el movimiento de euskaldunización escribió sus primeras páginas en nuestro barrio. Mientras que en las zonas euskaldunes del país el movimiento empezó como un proceso de alfabetización, es decir, de enseñar a leer y escribir en euskera a la población vascoparlante, en zonas como la nuestra, donde el euskera había sufrido un constante retroceso, las gau eskolas pasaron a ser básicamente centros de euskaldunizacion.
En 1972 surgió en Iruñea el euskaltegi Arturo Campion y, a partir de ahí, las gau-eskolas fueron extendiéndose por los barrios, cada una con su propia personalidad, pero manteniendo entre todas un mínimo de coordinación. Más adelante, en 1981, nació AEK como aglutinante de ese Movimiento de Alfabetización y Euskaldunización. Desde Arrotxapea, la gente se desplazaba al euskaltegi Arturo Campion o al de Antsoain, que se encontraba en el viejo ayuntamiento, hoy ya derruido.
Al histórico proceso de invisibilización experimentado por el euskera durante siglos, se sumó la represión llevada a cabo durante los cuarenta años de una dictadura que adquirió como seña de identidad su odio a todo lo vasco. Frente a ello, en esos años 70, mucha gente tomó una decisión: “Tengo que aprender euskera y hablar, porque es mi idioma”. Euskaldunizarse no se limitaba a aprender el idioma, iba mucho más allá, significaba identificarse con la lengua y la cultura de un pueblo. No podemos entender todo ese movimiento de recuperación de la lengua sin las profundas interconexiones que tenía con las distintas iniciativas sociales, culturales y políticas del momento.
Patxi Belasko recuerda que la única referencia que tenía con el euskera en el barrio fue a la edad de 14 años: “se jugaba al fútbol y había un equipo que se llamaba Gure Txokoa, en el año 63-64, que en pleno Franquismo llevaba los colores rojo, blanco y verde”, colores de una ikurriña aún prohibida y perseguida. Gure Txokoa, germen del actual Club Deportivo Rotxapea, estaba situado en la calleja de los Cutos, junto al Ave María.
Mila Espinal tuvo su primera experiencia como alumna en 1978, en el viejo colegio situado en el número 1 de la calle Artika. Mila no recuerda el nombre de aquel joven guipuzcoano, su primer irakasle (profesor): “Era un chico que estaba estudiando en la Universidad de Navarra, era euskaldun zaharra, es decir, el euskera era su lengua materna. Fuimos un grupo muy majo, de todas las edades, y había un grupo para niños. Sólo duró un año, porque el chaval luego se tenía que ir, y ya se paró la cosa”.
Aquellas clases le abrieron todo un mundo con el que había convivido desde niña sin saber de su existencia: “Yo sólo sabía cuatro palabras que había aprendido con aquel chico, y luego, decía, “¡ahí va!, ¡si esto lo decía mi padre, si clarion es tiza, si siempre hemos dicho vamos a coger un clarion para hacer una corona en el suelo!”, palabras que tú las decías normalmente no sabías que eran en euskera, y yo alguna palabrica sí que sabía, porque mi padre era nacionalista vasco y siempre nos decía: aunque hablemos castellano, nosotros tenemos una lengua propia, y te decía: pues txori es pájaro, etxea casa, y cosillas así, pero sin más, de esas cosas que de cría tampoco le das mayor importancia. A mí me vino la importancia después, cuando se murió Franco y se abrió un poco la cosa, se empezó en los barrios a querer hacer cosas, yo me apuntaba a todo, yo todo lo quería saber”.

Ana Gastesi
El fin del Franquismo abrió a muchas personas las puertas de retorno a casa. Fue el caso de Ana Gastesi, una mujer que en 1978 regresaba a su ciudad natal, Iruñea, con su marido Alberto Ardanaz, después de años viviendo y trabajando en París. Compraron una vivienda en la zona del viejo Monasterio de San Pedro, en el número 8 [hoy nº 14] de la calle Urzainki. Ana no era mujer de estar quieta, y enseguida empezó a dar rienda suelta a sus inquietudes en un barrio que se caracterizaba por el entusiasmo y dinamismo de sus gentes. Así fue como decidió abrir una Gau eskola (Escuela nocturna) en su propia vivienda, para dar clases de euskera. El matrimonio Patxi Belasko e Isabel Guinda vivía con su hijo de tres años en el mismo portal que Ana. Patxi trabajaba entonces en Unicable, una multinacional del automóvil, en Landaben. Hoy, 35 años más tarde, no puede ocultar su admiración por aquella mujer que “inicialmente fue vecina, después andereño y amiga”.
Al año siguiente, en 1979, Patxi e Isabel matricularon a su hijo de tres años en la Herri Ikastola, situada en un ala del edificio de Oblatas, que anteriormente había acogido el colegio católico de las Francesas. La vecina recién llegada les planteó la posibilidad de hacerse el mismo regalo que habían ofrecido a su hijo. Como nos cuenta Patxi, todo fue muy sencillo: “A la vez que matriculamos a nuestro hijo en la Herri Ikastola, decidimos aprender euskera nosotros también, Isabel y yo. Ana comentó que iba a dar clases de euskera. Entonces, facilitó el acceso, se corrió la voz en el barrio, y empezó a dar clases en su vivienda. Llegamos a apuntarnos 14-16 personas al principio”.
Entre el alumnado abundaban las mujeres, como las jóvenes que trabajaban en el Supermercado de San Pedro. Una de las primeras alumnas fue Josune Arriaga, Txus, ikasle aventajada, amiga y compañera inseparable de mil y una aventuras y desventuras hasta que una orden de detención y posterior encarcelamiento privaran a Txus de dar su último adiós a Ana el pasado mes de noviembre.
María Jesús Torres conoció también la Gau Eskola de la calle Urzainki. María Jesús tenía 24 años, y trabajó en la fábrica Plasticas Condor de Antsoain desde 1973 hasta el cierre patronal de 1978. En 1976 se trasladó de la Txantrea a nuestro barrio para casarse con Isidro Agirre, joven bargotense afincado en Arrotxapea desde los 18 años. Su primer contacto con el euskera vino de su hermana mayor, Nati, quien se había iniciado ya en el aprendizaje del idioma: “Mi hermana estudiaba euskera y, entonces, a través de ella me fui yo también concienciando, me parecía que era nuestra lengua. Cuando supe que Ana daba clases, me apunté con ella”. Recuerda aquellos momentos con cariño: “La sala de estar la tenía muy bien preparada. Empecé el curso desde el principio, en octubre. No sé si estábamos cuatro, creo que éramos todas mujeres. Me gustaba mucho su forma de enseñar, porque te llegaba, era muy cercana, y luego tenía mucha paciencia, hacía falta hacer paciencia [risas], y luego insistía mucho, preguntábamos, y hasta que no entendiéramos bien no paraba. Las clases duraban una hora, tres días a la semana, por la tarde”.
Patxi Belasko conserva aún los apuntes que tomaba en las clases de Ana y que luego, en casa, zintzo-zintzo, pasaba a limpio. También Mariajesús recuerda los ejercicios gramaticales con papel y bolígrafo, otros tantos orales por medio de juegos, la tarea que les mandaba para casa, y un libro, Hitz egin, escrito en 1978 por el franciscano y miembro de Euskaltzaindia Imanol Berriartua.
El entusiasmo y la dedicación de Ana suplieron con creces sus carencias filológicas y metodológicas. Como nos cuenta Mila Espinal, “yo no la conocía, se presentó, y sólo su entusiasmo y su alegría y su fuerza de querer enseñar la lengua de aquí, de nuestro Pueblo, pues te animaba a apuntarte y a estudiar”. Enseguida se quedó pequeña la sala de la vivienda de la calle Urzainki. Al año siguiente, en 1980, Ana Gastesi solicitó a la Parroquia Virgen del Río el uso de sus locales. Como venía siendo habitual, los sacerdotes respondieron positivamente a la nueva demanda de las gentes de este barrio.


[Ezkaba aldizkaria, 215. zka., 2014ko maiatza, 14-16 orr.]






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