jueves, 22 de mayo de 2014

"Nuestro mayo rojo: Aproximación a la historia del movimiento obrero vasco (1789-1990)"

   Ya está en la calle "Nuestro mayo rojo", libro editado por la Fundación Ipar Hegoa y la editorial Txalaparta. Además del prólogo y la introducción redactados por Eugenio Etxebeste y Giovani Giacopucci, el libro incluye perfiles biográficos de destacados y destacadas dirigentes sindicales, un anexo gráfico, índice onomástico y una completa biografía para quien quiera profundizar en el tema.
   El contenido del libro está estructurado de la siguiente manera:
1ª parte: El despertar del movimiento obrero vasco, 1789-1917, de Patxi Abasolo López.
2ª parte: De la pujanza al repliegue, 1917-1939, de Dabid Mendaza Clemente.
3ª parte: Represión franquista, luchas obreras y nuevos tiempos, 1940-1990, por Joxerra Bustillo Castresana.
   Son 823 páginas al precio de 28 €.

   A continuación podéis leer la Presentación que he escrito al período que analizo en el libro.

PRESENTACIÓN

Atzoko eta gaurko langile iraultzaileei

En esta primera parte del libro vamos a remontarnos más allá de los orígenes propiamente dichos del movimiento obrero vasco. Partiendo de esos antecedentes históricos, analizaremos los elementos que hicieron posible su surgimiento y posterior desarrollo hasta finales de la segunda década del siglo XX, marcados estos últimos años por el final de la I. Guerra Mundial y la revolución soviética de 1917. La primera gran dificultad a la que tenemos que hacer frente a la hora de hacer una historia nacional es la necesidad de construir un marco cronológico adecuado que englobe los acontecimientos históricos de todos los territorios vascos.[1] Desgraciadamente, no es sino una de las muchas carencias que arrastramos por nuestra condición de pueblo conquistado y condenado a un largo proceso de sometimiento y aculturación. Es la realidad de un Pueblo huérfano de instrumentos institucionales, económicos, culturales o ideológicos propios que respondan a sus intereses y necesidades. También la historia del movimiento obrero vasco va a estar irremediablemente unida, por tanto, a la historia de los movimientos obreros de esos otros marcos estatales, el francés y el español, de una forma determinante durante sus primeros pasos.

Si atendemos a los marcos cronológicos diseñados por la evolución política de los estados español y francés, nuestra historia vendría marcada por los años 1789, 1808, 1812, 1814, 1833-1839, 1848, 1870-1871, 1872-1876, 1898 ó 1914-1919, entre otras fechas posibles, según nos refiramos al norte o al sur de los Pirineos. Todos esos momentos de inflexión, no obstante, tienen elementos comunes y de múltiples relaciones entre sí dentro de un marco historiográfico más amplio como es el europeo, e incluso elementos característicos que van a marcar la historia del mundo, sobre todo, del llamado mundo occidental. De ahí nuestra propuesta de partir del año 1789 y concluir en 1917, años marcados por sendas revoluciones que condicionaron el devenir nuestro, el de Europa y el del mundo entero.

Dado el objetivo de la actual obra, es decir, hacer una síntesis de la historia del movimiento obrero vasco, más que el material utilizado en la misma (adelantamos ya que gran parte de estos primeros capítulos es de segunda y hasta de tercera mano), la originalidad de estos primeros capítulos reside precisamente en intentar sacar una fotografía lo más completa y, como tal, que aborde esas transformaciones en el conjunto de los territorios vascos, así como en los distintos sectores que conforman su clase trabajadora. En definitiva, una aproximación al conocimiento de un sector de primer orden de nuestra historia social: el movimiento obrero, sin el cual no podríamos entender nuestro presente.

Aunque sea brevemente, nos hemos esforzado en integrar en esta síntesis elementos que suelen quedar en el olvido en trabajos semejantes. Es el caso del campesinado pobre, siempre en un segundo plano ante el protagonismo concedido al proletario industrial, tanto para las élites políticas y sindicales de la época como para la historiografía. De hecho, cuando a comienzos del siglo XX se dio inicio a una lenta y tímida legislación laboral, ésta lo fue tanto de carácter general como encaminada a regular el trabajo industrial. No encontraremos prácticamente ninguna disposición relativa a la agricultura, a pesar de la gran necesidad sufrida por el campesinado pobre. El mismo objetivo nos ha movido a abordar, aunque con mayor brevedad, esos otros sindicalismos, como el sindicalismo católico, que para nada buscaba la transformación de la injusticia estructural, pero que llegó a arrastrar incluso a más trabajadores y trabajadoras que el sindicalismo de clase. Con el apartado específico sobre la mujer hemos buscado la forma de hacer más visible lo que hoy sigue siendo el lado más silenciado de la historia de la humanidad.

Hay sectores que no van a aparecer en estas páginas, entre ellos el mundo del mar. En 1875, año en que se produjo la motorización de los barcos pesqueros con el uso del vapor y del petróleo, los pescadores vascos llegarán a su máximo número de efectivos. Durante toda la etapa aquí analizada, las condiciones de los arrantzales vascos se caracterizaron por su dureza y salarios escasos. Tampoco podemos olvidar las dos galernas que en el período aquí estudiado sufrieron, en 1878 y 1912, saldándose esta última con al menos 142 muertos y un único superviviente, Juan Daniel Eskurza, patrón de una de las dos embarcaciones que salieron de Lekeitio a pescar aquel 12 de agosto. La trainera a vela San Nicolás y la San Juan Bautista partieron del puerto de Lekeitio de madrugada con 116 bermeanos, 15 de Lekeitio, 8 de Elantxobe y 3 de Ondarroa. La galerna dejó, a su vez, un balance de 62 viudas y 205 huérfanos.[2] A pasar de esas duras condiciones laborales, los sindicatos de arrantzales no adquirieron especial relevancia, ni el creado por CGT ni las iniciativas cristianas como la asociación Jeunesse Maritime Chrétienne de la costa labortana. El estudio de la propia clase empresarial y las complejas relaciones existentes entre los distintos colectivos de la época son otras de las cuestiones que quedan pendientes.

Las características de esta obra nos han obligado a centrarnos en responder a las preguntas más frecuentes que podemos hacernos sobre la aparición del movimiento obrero en tierras vascas, recordando que en ese proceso van a sucederse una serie de etapas. En la primera, el desarrollo de la producción va creando la clase obrera, pero aún no podemos hablar de movimiento obrero. En la segunda etapa se producen acciones obreras de carácter espontáneo y destellos de toma de conciencia de la propia condición obrera. La tercera supone la larga etapa asociativa, donde el obrero se siente como tal, perteneciente a una clase con intereses y fines propios, y se asocia para el logro de todos esos fines o de parte de ellos. La cuarta y última etapa es aquella en que otras trabajadoras y trabajadores, manuales, intelectuales o de carácter intermedio, toman conciencia de su vinculación con los obreros y se integran o articulan, directa o indirectamente, en el movimiento obrero que toma así unas nuevas dimensiones.[3] Sin olvidar que, como afirma E. P. Thompson, la clase obrera no nació por generación espontánea del sistema fabril, ni fue fruto de una fuerza externa, la Revolución Industrial, que transformase mujeres y hombres trabajadores en una nueva estirpe de seres. Hemos de entender el proceso de formación de la clase obrera como un hecho de historia económica, pero también política y cultural. Sin duda, “la clase obrera se hizo a sí misma tanto como la hicieron otros”.[4] Así pues, estas páginas abordarán la evolución de las condiciones de vida y laborales, de la conflictividad y las organizaciones sindicales, dejando pendiente el análisis de todas esas otras experiencias comunes y colectivas sin las cuáles no podríamos entender dicho proceso de formación: las vivencias cotidianas en la ciudad y en el barrio obrero, en la cantina o el taller, las tradiciones, costumbres y distintos espacios de sociabilidad, lugares todos ellos donde trabajadoras y trabajadores vivieron y transmitieron las experiencias de clase que terminarían por configurarles como tal.

Nuestra convicción de que toda experiencia histórica es, de alguna manera, única, nos ha llevado a evitar trasladar a estas páginas modelos interpretativos de otros marcos de trabajo, con mayor razón aún cuando hablamos de una clase trabajadora vasca con unos ritmos muy diferentes en el tiempo y en el espacio. Nuestra prioridad ha sido marcar los principales elementos de todo ese proceso, con la esperanza que la trabajadora y el trabajador de hoy puedan acercarse al mismo y a sus protagonistas, con la mirada puesta en el presente y en el futuro. Al fin y al cabo, el punto de partida de este trabajo ha sido la constatación de que no estamos ante una historia neutra, pues aún somos quienes, en pleno siglo XXI, seguimos creyendo en la capacidad que mujeres y hombres tenemos para transformar nuestra realidad cotidiana y, con ella, el mundo en que nos ha tocado vivir. Un mundo que ni ha sido siempre así, ni tiene porqué seguir siéndolo. Todo ello pese al desconcierto ideológico que seguimos viviendo veinte años más tarde de aquella entusiasta proclama que sentenciaba el fin de la historia. Frente a ella, queremos concluir estas líneas haciéndonos eco de aquella otra reflexión realizada entonces por el historiador catalán Josep Fontana, por la actualidad que encierran sus afirmaciones:

“El espectáculo de unas sociedades europeas en que los propios perjudicados insisten en votar a quienes les están empobreciendo, temerosos de que cualquier cambio pueda empeorar todavía más su situación, revela, por una parte, la falta de una conciencia crítica, pero también la pérdida de la fe en cualquier posible programa alternativo. A la tarea de recomponer esta conciencia crítica, de devolver alguna esperanza y de reanimar la capacidad de acción colectiva hemos de contribuir todos. Por desconcertados que nos sintamos, sabemos que nuestra obligación es ayudar a que se mantenga viva la capacidad de las nueva generaciones para razonar, preguntar y criticar, mientras, entre todos [y todas], reconstruimos los programas para una nueva esperanza y evitamos que, con la excusa del fin de la historia, lo que paren de verdad sean nuestras posibilidades de cambiar el presente y construir un futuro mejor”.[5]




[1] La toponimia vasca empleada sigue los criterios de Euskaltzaindia. Nafarroa Garaia (Alta Navarra) y Nafarroa Beherea (Baja Navarra) se refieren, respectivamente, a las provincias situadas al sur y al norte de los Pirineos.
[2] Amezaga (2009: 16-17).
[3] Tuñon de Lara (1977: TI, 11).
[4] Thompson, D. (2002: 24).
[5] Fontana, J. (1992: 143-144).

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