lunes, 2 de junio de 2014

La Gau Eskola de Ana Gastesi, 1979-1986 [3ª parte]

   
   La revista Ezkaba de junio (http://issuu.com/ezkabarotxapea/docs/2014-6) ha publicado, en su sección de Historia, la tercera entrega de "La Gau Eskola de Ana Gastesi", una serie de artículos que recogen la experiencia de Ana Gastesi como irakasle entre los años 1979 y 1986 en nuestro barrio. En esta ocasión hemos abordado los dos cursos ofertados en los locales de la Parroquia Virgen del Río.


La Gau Eskola de Ana Gastesi (3):
Los locales de la parroquia Virgen del Río

Texto: Patxi Abasolo López

1980. urtean, Ana Gastesik Virgen del Camino Parrokiako lokaletara eraman zuen Gau eskola. Bertan, Josune Arriaga bidelagun izanik, bi urte eman zituen euskara irakasten eta gozatzen, Arrotxapea Arrotxapeago egiten.


Retrato de Ana Gastesi
         Imagen: Txema Belasko
El boca a boca y los carteles acercaron a la Gau eskola de Ana Gastesi a decenas de vecinas y vecinos deseosos de recuperar esa seña de identidad olvidada y/o arrebatada que era el euskera, también a aquellas personas que, venidas de tierras lejanas más allá del Ebro, optaron por sumergirse en la cultura de una tierra que las acogió generosamente cuando más necesidad tenían. Otro hermoso capítulo que muchas gentes del lugar de toda la vida siguen siendo incapaces de protagonizar como consecuencia de quinientos años de aculturación española.
El primer curso fue suficiente para que la vivienda de la calle Urzainqui quedara pequeña. Ana Gastesi no se lo pensó dos veces, y se acercó a la Parroquia Virgen del Río para solicitar el uso de sus locales. Acompañada en todo momento de Josune Arriaga, Txus, quien ejercía de irakasle mientras completaba su proceso de euskaldunización en la Escuela de Idiomas de Pamplona.

Parroquia Virgen del Río
La zona del viejo monasterio de San Pedro había cambiado mucho en los últimos diez años. Hacia 1968, las Agustinas de San Pedro, religiosas contemplativas, decidieron abandonar el Monasterio que se encontraba a orillas del Arga desde el siglo XIII (levantado junto a un pequeña ermita llamada San Pedro de Ribas por estar fundada a la ribera del Arga, debajo de las murallas de la ciudad), para trasladarse a un pequeño Convento situado al otro lado del río, entre las huertas de Aranzadi.
Mila, Patus, Maria Jesús, Patxi, Isabel y Santos
Fotografía: Iñaki Vergara (Revista Ezkaba)
El entorno del Monasterio empezó a transformarse rápidamente. Por un lado, la nueva Parroquia Virgen del Río (según la tradición, su imagen se apareció sobre las aguas del Arga allá por el siglo XIV), se quedará con una tercera parte del mismo, mientras el resto fue comprado por el Ayuntamiento de Pamplona (la actual Biblioteca municipal), zona donde se asentó una numerosa población gitana, unas 130 personas aproximadamente. Por otro lado, las huertas fueron desapareciendo bajo las nuevas viviendas construidas para acoger a una población que no cesaba de llegar.
La imagen real del barrio poco o nada tenía que ver con bellezas bucólicas generadas por añoranzas pasadas. El barro lo impregnaba todo. Cuentan que, por aquel entonces, pasaron por allí tres curas: el primero llegó con un elegante abrigo, se llenó de barro, y se dio la vuelta mientras pensaba: “Esto no es para mí”; el segundo se acercó a ver aquello, pero encontró el amor en otro sitio, y se marchó; y vino el tercero, que quería ser un gran párroco de Pamplona, pero ese barrio de barro no tenía, en absoluto, aspecto de grande, así que pasó de largo. Hasta que en 1971, un joven sacerdote bajó de San Nicolás y, viendo en aquellas gentes llenas de barro la misma imagen del Jesús que predicaba, decidió quedarse. El propio Lino Otano nos cuenta su llegada a San Pedro: Cuando llegué allí estaban trabajando unos obreros y me preguntaron: “¿Usted sabe quién va a ser el párroco de aquí?”. “Voy a ser yo”, les dije. Y uno de ellos me contestó: “Le acompaño en el sentimiento”. Aún se ríe recordando aquella escena. Lino era consciente que “estaba todo por hacer”, así que, sin pensarlo dos veces, se puso manos a la obra. Desde aquellos primeros momentos, la Parroquia Virgen del Río, bajo la dirección de Lino, Carlos y Jesús Mari, al igual que el resto de nuevas Parroquias de la periferia, se caracterizó por estar abierta a todas las necesidades del vecindario, y por su compromiso activo con todas las peleas que éste protagonizaba. Sus locales acogieron al rico tejido asociativo que conoció la Arrotxapea de entonces: grupos de formación de la mujer, asociación de vecinos, sindicalistas…, también la demanda por recuperar el euskera.

Los locales
Bajo la ventana de la Gau Eskola
Fotografía: Iñaki Vergara (Revista Ezkaba)
En el primer piso había una sala grande, de la cuál salían otras tres más pequeñas. Las clases de euskera se daban en la grande, “la más capaz”, en palabras de Lino Otano, quien recuerda muy bien a ikasles e irakasles. Aunque no entraba en clase, nunca dejó de hacerles la visita cuando terminaba, sobre las 11:00. “Ahí se juntaban, por la mañana, las mujeres que habían dejado a los hijos para estudiar euskera. Tenían algo de calefacción, calefacción de carbón, entonces llegaba a donde llegaba, a calentar la iglesia, pero también les llegaba algo, y si no se utilizaban algunas estufas de butano. Sobre todo iban con mucha ilusión, la pizarra ya la pusimos nosotros, pero no había más”. Mariajesús Torres, entre risas, recuerda bien aquellos tiritones: “Frío, frío, hacía frío, no teníamos nada… con el abrigo puesto”.
Mila Espinal era una de esas amatxos: “Eramos un grupo de mujeres, casi todas con hijas e hijos de Ikastola, aunque había alguna que no tenía hijos. No sé cuántas estaríamos, unas doce. Dejábamos a los hijos en el autobús, y nos íbamos desde 9:00 ó 9:15 hasta las 11:00. Íbamos dos días a la semana… y ahí empezamos a aprender, y a coger nuestra amistad”. La procedencia era de lo más variada, reflejo de un vecindario llegado de la ribera navarra, también de Extremadura y Andalucía. Recuerda Mila las risas de una de aquellas amatxos andaluzas cuando su padre le repetía con claro acento andalusí: “¿Pero tú qué hase ahí?”. Todas eran iguales en clase. Tras un primer saludo en euskera, “Egun on!”, escribir la fecha en la pizarra, y a disfrutar. Mila tiene claro que Ana era la clave de que así fuera: “Estábamos muy a gusto, eran unas clases muy amenas, y ella como era tan maja, tan sonriente, era divertida, pues estábamos todas muy bien”.
Mariajesús se apuntó a las clases de las tardes, donde mayoritariamente se encontraban quienes trabajaban fuera de casa y jóvenes estudiantes: “Me parece que a las ocho. Sí, una sala pequeñita, igual estaríamos ocho. Me parece que había algún grupo más”. Mariajesús dejó las clases poco antes de ser detenida junto a su marido Isidro Agirre, en 1981. Entonces obtuvo la matrícula gratis para el barnetegi de Yeserías (Madrid), pero eso ya es otra historia.
Ana Gastesi no cobraba por enseñar en euskera, lo hacía de modo totalmente altruista. El alumnado pagaba una cuota simbólica para gastos de material, normalmente papel, fotocopias y tizas. “Hutsaren hurrengoa”, nos dice Fernando Patus.

Metodología
Como ya hemos visto, las Gau eskolas o euskaltegis fueron constituyendo un tejido amplio y plural, manteniendo entre sí un mínimo de coordinación, hasta que en el año 1981 terminaron por integrarse en AEK. Sagrario Alemán, entonces responsable de Arturo Campión, recuerda las reuniones que hacían entre el profesorado para analizar cómo dar las clases. Contaron en más de una ocasión con la visita de Patxi Altuna, de quien asumieron determinadas normas metodológicas: “Euskaraz egin eta ez itzuli, beti egia esan behar da, ahal bada gauza errealak erakutsi behar dira, maiz errepikatu behar dira esaldiak modu berean…”. La clave estaba en el trabajo en grupo: analizaban distintos libros de texto, miraban cómo plantear los ejercicios, preparaban el material a utilizar en las clases, tanto texto escritos como conversaciones y audiciones. Para ello se utilizaban viñetas gráficas de Quino, canciones en euskera como Laboa o Benito Lertxundi, siempre alejándose de las tradicionales y aburridas clases magistrales.
Ana Gastesi no estaba integrada en esa red. Su Gau eskola fue una iniciativa personal que surgió para aportar su granito de arena en el entorno más próximo, entre sus vecinas y amigos de San Pedro. Es importante tenerlo en cuenta a la hora de valorar el esfuerzo de una persona totalmente autodidacta, sin apoyo alguno y sin todos los soportes metodológicos mencionados más arriba. Y eso se notaba, pues había preguntas que terminaban por quedarse sin respuesta. No obstante, aquella mujer de 50 años procuró hacerlo lo mejor que sabía, de eso no cabe duda. Lino subraya su voluntad de gigante capaz de superar todas aquellas carencias metodológicas. Hubo también quien demandaba una enseñanza más reglada y gramática, como Patus, alumno de Txus, que dio el salto a la Escuela de Idiomas de Pamplona.
Los apuntes que, treinta años después, sigue conservando Patxi Belasko, nos dan una idea de cómo eran esas clases: diccionario, canciones como Lepoan Hartu y Txoriak Txori, traducción de frases al euskera, composición de frases a partir de una sopa de letras, ditxosozko baldintzak, breves redacciones, expresiones hechas… y mintza praktika, es decir, hablar, que era de lo que se trataba. Sin olvidar los conocimientos culinarios de Ana, que había trabajado durante muchos años como cocinera profesional.
Fueron dos cursos repletos de mil y una experiencias, tanto fuera como dentro de los locales. En 1982, sin embargo, se sucederían una serie de acontecimientos que terminarían por cerrar el paréntesis de la Parroquia Virgen del Río: una mayor demanda del uso de esos locales, bien por los grupos de las catequesis como de jóvenes y otros colectivos; la separación de Ana y Alberto… Ana y Josune se lanzaron a un nuevo proyecto, la tienda de chucherías Gozoki, local que en adelante acogería la Gau eskola del barrio de San Pedro.



                                 Txoriak Txori

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen alde egingo.
Bainan, honela,
ez zen gehiago txoria izango.
Eta nik…
txoria nuen maite.






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