viernes, 9 de enero de 2015

EZKABA aldizkaria, nº 221. zka., enero 2014 urtarrila

   Ya está el primer número del año recorriendo las viviendas y comercios del barrio. En la sección de Historia encontraremos la entrevista realizada por Ines Zazu al también compañero de la Ezkaba Bernardo Apestegia sobre su libro recientemente publicado, Historia de las mecetas de un barrio: s. XVI-1950 (1ª parte), y el artículo escrito por Patxi Abasolo, Recordando otros tiempos, que nos traslada a la Arrotxapea de finales del s. XIX y principios del XX, a través del testimonio vivo de la acacia de la calle Bernardino Tirapu. A continuación podéis leer la revista íntegramente, y el artículo de Abasolo:

Recordando otros tiempos

  El campo
Si retrocedemos a finales del siglo XIX y principios del XX, nos encontraremos con una Navarra que continúa siendo mayoritariamente agrícola. En el campo navarro, las jornaleras y jornaleros del sur seguían trabajando de sol a sol. La ausencia de alegría y la dureza de esas largas jornadas serían también recogidas en los cantos populares:
La vieja acacia ha conocido la Estación El Empalme
Fotografía: Patxi Abasolo

La vida del jornalero
es la del trillo en verano
con piedras en las costillas
y todo el día arrastrado.
La jota podía llegar a ser un auténtico canto a la desesperanza:
Un mes les dura  a los ricos
el gozo de vendimiar
y un día lo gasta el pobre
en llorar y racimar.
Cazador y pescador
majador de yeso y cal
toda la vida trabajando
y a morir al hospital.

   También los alrededores de Arrotxapea, como toda la comarca, vivieron esas duras experiencias, a través de las jornaleras y jornaleros que se acercaban en la época de cosecha. Según avanzaba el siglo, la situación no hacía sino empeorar para el campesinado más pobre. Sin oportunidad de saciar su sed de tierras para cultivar y sin un proceso industrializador capaz de absorber ese excedente de mano de obra agraria, miles de ciudadanas y ciudadanos navarros no tuvieron otra opción que abandonar sus lugares de origen y emigrar en busca de un futuro más halagüeño, especialmente al otro lado del océano Atlántico, en tierras americanas.

La industria
Aunque con un ritmo mucho más lento que en los países del norte de Europa, Navarra empezaría a experimentar también su propio proceso de urbanización e industrialización. Hemos de esperar a los años diez del siglo XX para poder apreciar un impulso industrializador que volverá a ralentizarse en la década siguiente, perdiendo por consiguiente capacidad de absorber a efectivos de un sector rural con serios problemas. En consecuencia, la emigración volverá a dispararse, al igual que la población activa en ese sector primario.
Entre las empresas más importantes, constituidas la mayoría para 1920, caben destacar la industria azucarera y sus empresas de Nuestra Señora de la Concepción en Martzilla (1909) y la Agrícola Industrial Navarra en Tutera (1916), desarrollada como consecuencia de la pérdida del azúcar cubano; la industria química enfocada hacia la producción de abonos; las factorías dedicadas al trabajo de la madera de haya y pino; las fábricas de curtidos y de calzado, asentadas sobre todo en la capital; la industria papelera.
Junto a la expansión urbanística que conoció Iruñea a partir de 1915 y las grandes obras de irrigación, cabe destacar la producción de materiales de construcción y la fábrica más importante de este sector, la Sociedad de Cementos Portland de Olazti, fundada en 1905, que a su vez favoreció la construcción de nuevas empresas complementarias en distintas localidades navarras. La escasa industria metalúrgica estaba concentrada en Bera y Altsasu, donde se fundaron Fundiciones de Vera S.A. y Fundiciones de Alsasua S.A. en 1907 y 1920 respectivamente, aunque ésta última tuvo ya como precedente la fábrica Veramendi y Viuda de Echarri, instalada en dicha localidad en 1903. Si en Bera se producían hierros laminados, aceros laminados y lingotes de hierro, en Altsasu se centraban en la fabricación de productos como bañeras, inodoros y calderos. Más adelante, en los años veinte la Alta Navarra dispondrá de 217 centrales eléctricas, y, entre otras, 60 fábricas harineras, 55 dedicadas a la industria alcoholera, 30 fábricas conserveras y distintas pequeñas empresas textiles.
La viejo barrio rochapeano de La Estación
Fotografía: Patxi Abasolo
Además de los principales nudos ferroviarios de la provincia, Altsasu, Castejón e Iruñea, se construyeron seis tendidos de vía estrecha. Los primeros fueron el Tarazonica, entre Tutera y Tarazona, construido entre 1882-1885, y el de Cortes a Borja, construido en 1888. En 1906 se constituyó la sociedad El Irati para la explotación maderera; el Plazaola, puesto en marcha en 1902 como tren minero que unía las localidades guipuzcoanas de Plazaola y Andoain, y que entre 1910-1914 se prolongó hasta Donostia e Iruñea como servicio público; el Bidasoa, del mismo carácter minero que el anterior desde 1888, hasta que en 1911-1916 se amplió su recorrido desde Irún hasta Elizondo para el público; y el Vasco-Navarro que unía Lizarra (Estella) con Gasteiz, construido entre 1919 y 1927. Todos esos trazados se movían en tierras con producción vinícola, o coincidían en el tiempo con los primeros atisbos industrializadores navarros, con la pretensión de unir lazos con el despegue económico guipuzcoano, pero ante todo son formas de enlace y desenvolvimiento de mercados comarcales, que en cierto modo expresan e impulsan la formación del mercado provincial. Todas ellas dejarían de estar en uso entre 1953 y 1970.
La actitud de la burguesía navarra, básicamente rentista y alejada de las actividades industriales y productivas, fue una de las causas que impidieron fortalecer ese impulso industrializador de principios de siglo, dando como resultado una débil estructura industrial marcada por un gran número de empresas de carácter familiar y artesanal. Incluso las de mayor entidad no solían emplear a más de 200 personas, con escasas excepciones: las azucareras llegaban a contratar entre 500 y 600, la Papelera Española de Atarrabia a 340, y Cementos Portland de Olazti a 300.

La ciudad
La ciudad era fiel reflejo de una segregación social que in crescendo iría separando a las clases trabajadoras del resto de la población, con excepción de los lugares comunes como parques, estaciones de ferrocarril y lugares de entretenimiento.
El espacio ocupado por la burguesía reproducía, a su vez, las diferencias clasistas a través de la segregación vertical que se producía en sus edificios, todos ellos con una altura superior a los edificios de los cascos viejos. Lo habitual era que el bajo estuviese ocupado por los mejores comercios de la ciudad. En el primer piso, vivía el propietario del edificio o del comercio, y a partir de ahí, los pisos superiores eran habitados por personas o familias en régimen de alquiler en base a una jerarquía espacial bien evidente. Así, el último piso era ocupado por el personal de servicio, cuando no quedaba recluido a la única habitación que daba al interior en la vivienda del propietario.
Nuestra ciudad tampoco se libró de la cruda imagen de su población trabajadora acosada por las duras condiciones de vida y trabajo. El Ayuntamiento intentó paliar las consecuencias de las elevadas tasas de paro estacional que sufría la clase jornalera mediante la tradicional organización de “trabajos de invierno”. Los centenares  de obreros que acudieron a la ciudad a finales de los ochenta para trabajar en la construcción del fuerte de San Cristobal en el monte Ezkaba y en el primer Ensanche no hicieron sino aumentar las cifras del paro al concluir las mismas. Cuando la situación se hacía extrema, el Ayuntamiento ordenaba abrir la “cocina económica” en la que podían comer por una cantidad que oscilaba entre los 25 y los 35 ctms, como lo recoge El Tradicionalista en 1889. Evidentemente, estas medidas no fueron sino parches siempre insuficientes para hacer frente a una situación estructural de injusticia social que sufrían muchas familias pamplonesas, entre la cuarta y la quinta parte del total. Esas duras condiciones de vida les impedían superar los umbrales de la pobreza, siendo habitual el hecho de recurrir al empeño de sus escasos objetos personales para poder satisfacer sus necesidades más elementales. El hecho que a partir de finales de 1897 y principios de 1900, las parroquias de San Lorenzo (a la que pertenecían los fieles rochapeanos) y San Juan Bautista distribuyesen casi a diario gratuitamente más de mil comidas entre los pobres constituye buena muestra de ello.

Texto y fotografías: Patxi Abasolo López


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