viernes, 6 de febrero de 2015

"El Trabajo en Pamplona entre los siglos XIX y XX"

   Ya se está distribuyendo la Ezkaba por buena parte del barrio. En este número 222, de febrero de 2015, la sección de Historia aborda dos artículos: la entrevista al ilustrador Martintxo Altzueta ("Altzueta: Ilustrando y dando color a nuestra Historia"), y la realidad del trabajo en nuestra ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX, que reproducimos más abajo. Si quieres leer la revista en su totalidad, no tienes más que hacer un clic aquí:

RECORDANDO
EL TRABAJO EN OTROS TIEMPOS

     Trabajo artesanal
Las condiciones de trabajo en nuestra ciudad no han sido nunca fáciles. Un corresponsal de El Socialista denunciaba el 17 de junio de 1892 que se trabajaba once horas diarias y muchas veces hasta doce y trece, pudiendo considerarse afortunado quien tuviese un salario superior a 10 reales. Si tenemos en cuenta que el Memorial elaborado en 1885 por
Al fondo, la Fábrica del Gas, en Arrotxapea, 1892.
Fuente: A.M.P
la Comisión encargada de analizar la situación de la clase obrera hacía ya referencia a la 
insalubridad de los talleres y fijaba en 10 reales el salario medio, podemos concluir que durante esos años a penas mejoraron las condiciones de los trabajadores. En 1902 los representantes de varios oficios de la capital se quejaron al Gobernador Civil por los bajos salarios. Como denunciaban los del gremio de la madera, “dado a la carestía de viviendas y comestibles son muy cortos los salarios [que] dan a razón de tres pesetas cada operario, cantidad que no basta para cubrir las necesidades de una familia”. La sociedad de toneleros añadió que sus salarios habían bajado en los últimos cuatro años.
Durante los años previos a la Primera Guerra Mundial los sueldos medios que oscilaban entre las 3,5 y las 5 pesetas siguieron sin permitir un equilibrio con los gastos mínimos necesarios, lo cual daba lugar a una existencia penosa por su alto nivel de morbilidad, su pésima condición de vida, su mala alimentación y carencias de una vivienda digna. Una vez más, la aportación del salario de algún hijo o hija y, sobre todo, el salario del trabajo doméstico realizado por la mujer, será la forma de cubrir ese déficit. Aunque siempre quedaba la posibilidad de reducir aún más los gastos, con lo cuál esas familias sufrirían una infraalimentación, mala vestimenta y pésimas condiciones higiénicas, que hacía de ellas una presa fácil para todo tipo de enfermedades. En el mejor de los casos de los trabajadores pamploneses, los obreros oficiales, ganaban lo justo para vivir el día a día, si bien lo habitual era que tuvieran que recurrir al trabajo de otro u otros miembros de la familia, siendo fundamentales los ingresos del trabajo doméstico realizado por las mujeres.
Ese inestable equilibrio se vino abajo a partir de finales de 1915 debido a la carestía y encarecimientos de los productos de primera necesidad producidos por el conflicto bélico. Ya a comienzos de 1916, la Federación Local de Sociedades Obreras y otros organismos como la Cámara de Comercio e Industria, solicitaron al Ayuntamiento pamplonés que encabezase una manifestación ante el Gobierno Civil para reclamar el abaratamiento de los productos de primera necesidad. “La vida se hace ya imposible”, afirmaba el 4 de octubre de 1918 en el consistorio el concejal nacionalista Francisco Lorda solicitando rebajar el precio del pan cuando muchos productos había experimentado ya hasta el 80 por 100 de incremento. Los informes de la Junta Local de Reformas Sociales de 1919 sobre la huelga de los obreros hojalateros de Pamplona hacían mención de un jornal de 3 pesetas para los aprendices, de 3 a 5 pesetas para los peones, y superior a las 5 pesetas para los oficiales.

Fábricas y trabajo no cualificado
El trabajo no cualificado abarcaba la carga y descarga, infraestructuras y obras públicas, construcción y el trabajo doméstico, todo ello mal visto socialmente pese a ocupar a la mayor parte de la población trabajadora de las ciudades. Hasta bien entrado el siglo XX se caracterizará por la escasez de requisitos previos y constituir una mano de obra fácilmente reemplazable. Esta precariedad será la causa de las duras condiciones de trabajo a las que estarán sometidos esos sectores populares.
El tiempo de trabajo venía tan sólo delimitado, tras el paréntesis dominical o fiestas religiosas, por la edad, la enfermedad o los frecuentes accidentes laborales, pasando a partir de entonces a depender de la familia o la beneficencia. La mayoría de las jornadas eran de sol a sol, con descansos breves para las comidas, lejos por tanto de las diez horas reglamentadas en Gran Bretaña. En Pamplona tenemos que esperar a la primera década del siglo XX para poder observar jornadas de 10 horas. En esta ciudad tenemos constancia de que en 1902 hubo un acuerdo entre patronos y obreros para fijar el tiempo diario de trabajo en diez horas, las mismas que aceptaría el Ayuntamiento para sus empleados amparándose en dicho acuerdo. Ese acuerdo será también el argumento al que recurrirá el consistorio para denegar la solicitud de las ochos horas laborales por parte de las organizaciones obreras. No obstante, tenemos numerosos testimonios de oficios ligados a la industria, talleres y construcción que confirman que esa jornada no se respetaba por parte de los patronos. Fue el caso de la denuncia realizada en julio de 1902 por la Sociedad de canteros ante el Ayuntamiento pamplonés:
Construcción del Fuerte del monte Ezkaba
“Los trabajos que para la Exc. Diputación realizan los obreros de nuestro gremio, los hacen de sol a sol, en una jornada de unas 13 horas, que la ley condena. Igualmente creemos excesiva la de 10 horas que realizan en el fuerte de S.M.D. Alfonso XII, dado lo largo y penoso del camino que existe de esta Capital al monte de Sn. Cristóbal, por resultar más pesado que el mismo trabajo. Tanto en el citado fuerte, como en [el] Hospital que se está construyendo, los adultos hacen trabajos superiores a sus fuerzas, trabajando la misma jornada que los obreros de mayor edad”.
El duro trabajo, controlado por una férrea disciplina, se veía recompensado con el derecho a subsistir, nada más. Los ejecutores de esa disciplina fueron los capataces, procedentes del grueso de las clases trabajadoras y con salarios de en torno al doble de los simples peones. Trabajadoras y trabajadores tendrán que esperar hasta 1919 para que la legislación española aprobara la jornada laboral de ocho horas para todos los oficios, aunque oficios como el de panadero, repostero, barbero, peluquero y, en general, todo el comercio, sufrieron la oposición de los patronos al cierre durante los mediodías, así como en domingos y días festivos.

Conciencia de clase
Es evidente que el nivel de vida obrero experimentó mejoras con el descenso paulatino de la jornada de trabajo a lo largo del período aquí estudiado, pero eso tan sólo al final del mismo, en 1919. Por el contrario, el problema del desempleo hará su aparición con toda su crudeza, y otros muchos problemas que han acompañado a la clase trabajadora desde sus orígenes siguen sin resolverse: el problema de la vivienda, la subida de precios siempre por delante de la subida salarial, la carencia en épocas de crisis y el enorme contraste de lujo y pobreza en épocas de auge económico del que siempre se benefician la misma gente, aquella que dispone de los medios de producción y con ello de los resortes políticos que garantizan su hegemonía social. La indignación ante esas diferencias abismales no será sino el despertar de una conciencia de clase que, acompañada de una adecuada organización, será capaz de poner patas arriba ese orden burgués en más de una ocasión.
La Beneficiencia pública y privada, y la nueva legislación laboral desarrollada a principios del siglo XX, ayudaron a mitigar las duras condiciones de vida de las trabajadoras y trabajadores navarros. Y junto a ellas la resignación, predicada insistentemente desde el púlpito, y el alcohol, refugio para aquella persona que no encontraba ya forma alguna de salir de esa situación de miseria. Es cierto que las organizaciones obreras serán las primeras preocupadas por luchar contra la enfermedad del alcoholismo, causa y efecto al mismo tiempo de infinidad de miserias personales y colectivas. Pero la taberna fue también objeto de las iras de los poderes civiles y eclesiásticos por otra razón, al señalarla como enemiga de la vida familiar y del orden social, pues ese espacio de sociabilidad se encontraba fuera del control de esas instituciones, fuera del control del púlpito, del patrono y de las autoridades políticas. En la taberna el obrero podía hablar sin miedo a represalias, se reforzaría su sentido de identidad y los lazos de identidad con sus iguales de clase.

Texto: Patxi Abasolo López
[Ezkaba aldizkaria, 222. zka., 2015eko otsaila]

      

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