martes, 2 de febrero de 2016

De sirvienta a puta: La prostitución en el siglo XIX

  En el número de febrero de la revista Ezkaba (número 232) hemos abordado el tema de la prostitución a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y el colectivo que más directamente la sufrió, las jóvenes llegadas de todos los rincones de Navarra para servir en la capital, también las jóvenes de zonas extramuros como Arrotxapea. Para leer la revista, hacer clic aquí:

De sirvienta a puta
(La prostitución en el siglo XIX)

XIX. mende amaieran, Iruñeko emakumeen % 13,4k neskame gisa lan egiten zuen. Baziren, horien artean, prostituziora jo behar izan zutenak, soldata eskasek, etxejaunen eskaera sexualek edota haurdunaldiek eragindako kaleratzeek bultzatuta.

Joven prostituta, finales del XIX
En esta ocasión vamos a viajar, una vez más, a aquella Arrotxapea de finales del siglo XIX y principios del XX; más concretamente, a la popularmente conocida como “profesión más antigua de la humanidad”. Más allá de la idoneidad o no de la definición, lo cierto es que, dejando de lado a quienes han optado por propia voluntad, a lo largo de la historia, decenas y centenares de miles de personas se han visto y se ven abocadas a recurrir a la prostitución como último recurso para poder sobrevivir, ellas y las personas que dependen de ellas. También en nuestro barrio, ayer y hoy, nos encontramos ante unas páginas de la historia que, aunque no exclusivamente, han sido escritas mayoritariamente en femenino.
Hace ya cinco años abordamos desde esta sección el trabajo de la mujer rochapeana [Ezkaba, números 176 a 180]. Como ya afirmamos entonces, conocer realmente el trabajo femenino de esos años se convierte a veces en tarea prácticamente imposible, pues los censos de la época dan pie a multitud de confusiones: la imposibilidad de contar a la mayor parte de las mujeres que trabajan en el campo como población activa, la invisibilidad del trabajo a domicilio, del trabajo sumergido y de otras muchas actividades que las mujeres vienen desarrollando en el ámbito del hogar, ya sean o no remuneradas. Todas esas dificultades se multiplican, sobra decirlo, a la hora de abordar el trabajo de las mujeres que han ejercido y ejercen la prostitución.

Jóvenes sirvientas
La prostitución resultó el último recurso no deseable para las sirvientas, madres solteras, inmigrantes sin fortuna y todas aquellas mujeres sin trabajo remunerado. Todas ellas abandonarían esa actividad en cuanto les fuera posible. Más allá de las mil y una circunstancias personales que arrastraban a una mujer a prostituirse, cabe destacar la gran indefensión a la que se encontraba sometido el colectivo de jóvenes sirvientas, aquellas niñas que llegaban a la ciudad desde todos los rincones de la geografía navarra y, por supuesto, desde las zonas extramuros como Arrotxapea.
La ausencia de reglamentación que regulase esta actividad conllevaba que las condiciones de este colectivo de mujeres trabajadoras fuesen especialmente malas, con unas jornadas que se alargaban de sol a sol, incluso los días de fiesta. En las estadísticas que nos han llegado no se hace referencia a las distintas modalidades del servicio doméstico: internas, eventuales o por horas, lo cuál hace imposible su cuantificación. La peor parte la llevaba la llamada comúnmente criada para todo, cuyo salario era insuficiente en todos los sentidos, lo mismo que su manutención en la casa que servía, donde se alimentaba de lo que sobraban en la mesa del señor y la señora. Con la excepción de las casas pequeñas donde sólo había una criada, el mundo laboral de las sirvientas estaba fuertemente jerarquizado, ya que más allá de la autoridad del señor, existían otros cargos femeninos y masculinos que fijaban sus responsabilidades.
La situación de desprotección absoluta a la que se encontraban sometidas nos hace imposible conocer los pormenores de su situación, siempre bajo la amenaza de que el señor de la familia diese por finalizado un contrato que se había realizado de forma oral y privada. Evidentemente, la niña que empezaba a trabajar lo hacía sin contrato laboral alguno, y el oficio se aprendía rápido. El paro tenía unas consecuencias mayores en el caso de las sirvientas, pues además del salario se veían desprovistas de la vivienda y manutención proporcionadas por la familia para la que trabajaban.
Según el censo de población de 1900, de aquellas que conocemos su origen, la inmensa mayoría proceden del ámbito rural de la provincia. El 10,4 % son pamplonesas, y el 6,9 % proceden de fuera de Navarra. En la ciudad de 1900, cabe destacar el elevado número de mujeres que trabajaban en el servicio doméstico, 2.060, un 13,43 % del total de la población femenina. El número de sirvientas es mucho mayor en las zonas de mayor nivel adquisitivo de la ciudad, destacando las calles Espoz y Mina, Constitución (actual Plaza del Castillo) o Chapitela, mientras que las zonas de extramuros eran las que tienen el índice más bajo, contabilizándose 32 en el caso rochapeano.
En el censo mencionado, las sirvientas más jóvenes tienen 10 años cumplidos. A los 12 ó 13 años, una niña ya había trabajado en varias casas. Al igual que las jóvenes de los pueblos, las de los barrios acudían a trabajar para las familias más ricas de la ciudad y el clero. La realidad era, no obstante, que las niñas empezaban a trabajar como cuidadoras de niños con 6 ó 7 años, continuando como parte del servicio doméstico hasta la edad de contraer nupcias o al incorporarse a otra actividad laboral. El 84,01 % de las sirvientas de Pamplona eran menores de treinta años. La gran mayoría, el 92 %, eran solteras, frente al 5,77 % de las viudas y el 1,85 % de las casadas.

Jóvenes prostitutas
Las sirvientas constituían el estatus más bajo en la consideración socio-laboral. Por detrás tan sólo se encontraban las prostitutas, al igual que hoy día, muy lejos de toda consideración laboral. De hecho, un elevado número de éstas proceden del servicio doméstico, lo cuál se explica en buena parte por su poca o nula retribución económica, por las demandas sexuales de los amos y varones de la familia, el miedo a negarse a las mismas y, sobre todo, como último recurso para hacer frente al despido tras una desfloración y un embarazo. Hay que destacar la gran movilidad que va a caracterizar a este colectivo, abandonando frecuentemente su lugar de origen, lo cuál llevará a muchas jóvenes pamplonesas a terminar en alguna casa de citas o burdel de la capital vizcaína.
Las grandes ciudades fueron habilitando sus casas de citas, o casas de tolerancia, como las llamó el Ayuntamiento republicano bilbaíno de 1873, ubicadas en este caso en los muelles y en las barriadas populares, más concretamente en Bilbao la Vieja y San Francisco. A partir de entonces, y durante el siglo XX, esos espacios urbanos estarán ligados a los tumultos, la delincuencia y la marginalidad. En el caso de nuestra ciudad, en la capital navarra de finales del XIX, nos encontraremos con una actividad reglamentada por el propio Ayuntamiento, con 29 mujeres censadas en 1889, repartidas en las calles Santo Andía, Descalzos, San Gregorio, Merced, Compañía y San Lorenzo, todas ellas de poca concurrencia y alejadas de edificios destinados al culto y a la enseñanza.

Texto: Patxi Abasolo López
Revista Ezkaba, nº 232, febrero de 2016


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