domingo, 6 de marzo de 2016

Las pellejas: La prostitución en el siglo XIX [2ª parte]

Ya está la Ezkaba de marzo en la calle y, con ella, en la sección de Historia, la segunda entrega de la serie de artículos que estoy escribiendo sobre la prostitución a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en nuestra ciudad.
Para leer la revista íntegramente, tan sólo tienes que hace clic más abajo:



Las pellejas, un mal menor

La prostitución en el siglo XIX (2ª parte)

XIX. mende amaieran, Iruñeko higienistek ezinbesteko ikusten zuten prostituzioa arautzea, batez ere iharduera horrek eragiten zituen gaixotasun larriak eragozteko. Prostituzio ilegala, hala ere, askoz hedatuago zegoen. Emakume haiek guztiek lan eta bizi-baldintza gogorrak pairatzen jarraitu zuten.

Joven prostituta,  1912
Fotografía: Joseph Bellocq
Y, ¿cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

Sor Juana Inés de la Cruz

¿Hasta cuándo hemos de retroceder en el tiempo para conocer las primeras prácticas de prostitución? En Pamplona tenemos constancia documental desde 1346, año en que Urraca Alfonso y María Rodriguitz fueron juzgadas por ser “mugeres legeres” y sufren como castigo la pena de azotes. En 1580 fueron censadas las prostitutas que vivían en casas situadas entre las actuales Santo Domingo y la bajada a Arrotxapea, todas ellas ejercían su profesión en las calles. Desde un punto de vista estrictamente biológico, no deja de sorprendernos los resultados obtenidos en la investigación científica de estas últimas décadas: algunos animales adoptan actitudes semejantes a la prostitución en los seres humanos. Algunas especies de pingüinos intercambian sexo por piedras adecuadas para la construcción de nidos, y entre los chimpancés enanos las hembras ofrecen sexo a cambio de comida o como mencanismo de resolución de conflictos. Lo que no hay duda es que, en el caso humano, la mala imagen, la marginación y el castigo a que ha sido sometida la prostituta distan mucho de ser cuestiones superadas.

La sífilis
A mediados del siglo XIX, la represión ejercida contra las prostitutas irá dando paso, poco a poco, a una actitud más tolerante que se centrará en su reglamentación como “mal menor”, especialmente para eludir la propagación de unas enfermedades venéreas que se ocultaban sistemáticamente para evitar la vergüenza social. Los sectores católicos más tradicionales poco ayudaban con su oposición extrema a la utilización de preservativos: “Con toda su sabiduría ha querido Dios que el vicio de la lujuria llevara una sanción penal en las enfermedades que hacen sufrir el cuerpo”.
En Pamplona, los médicos higienistas achacaban la gran expansión de la sífilis en la ciudad a los militares y, en general, al celibato forzado del clero: “¿Se quiere de verdad atajar la prostitución y el contagio que propaga? Disminúyase el número de celibatos a la fuerza”. El alcalde, no obstante, culpabilizaba a la enorme prostitución ilegal existente, proponiendo explusar a quienes no fuesen de la ciudad. Aquéllas que hacían caso omiso a reiteradas amonestaciones eran expulsadas con dos pedazos de pan y dos rábanos para el camino, y a algunas las sacaban con tamboril y silbo para que se enterara toda la población. Así se justificaba el reglamento pamplonés de Higiene Especial en 1889: “teniendo en cuenta los perniciosos efectos de la prostitución y considerando que se toleran las casas de mancebía solamente con el fin de evitar el escándalo público y de limitar el mal a sitios determinados para poder ejercer así más fácilmente la vigilancia que exigen el decoro y las buenas costumbres”. A partir de entonces, las prostitutas estaban obligadas a inscribirse con un domicilio, llevar siempre consigo una cartilla sanitaria que las identifique, y no podían ejercer en los portales de sus viviendas. Se les prohibía asistir a espectáculos públicos, circular por paseos o por la calle (antes de las diez de la noche en invierno y las once en verano) e ir a sitos poco concurridos o descampados. Todas esa medidas, no obstante, no hicieron descender lo más mínimo la expansión de la sífilis en una ciudad repleta de soldados y militares. La ciudad, seguía presa de unas murallas que, más allá del encanto que puedan tener en la actualidad, siempre fueros extrañas a las gentes del lugar.

Prostíbulos
En cuanto al número de mujeres y casas relacionadas con la práctica de la prostitución en Pamplona solo existe información municipal específica para el período de 1889 a 1892. De nueve casas públicas y un total de 29 mujeres registradas por la sección de higiene del Gobierno Civil en 1889, pasaron a 5 casas y 27 mujeres en 1892. Este retroceso de la prostitución regulada y oficial parece proseguir en las primeras décadas del siglo XX. No obstante, la mayor actividad debió ser clandestina, como lo atestiguan para las mismas fechas datos como “las 196 libretas sanitarias, 200 relaciones impresas de reconocimientos, 138 volantes de traslado al Hospital y 300 cartillas de sirvientes” facilitadas a mujeres por la sección de higiene del Ayuntamiento. Aunque cuantitativamente lejos de las 1.168 prostitutas inscritas de primera clase y 1.137 ambulantes en Bilbao, no podemos olvidar que Pamplona apenas llegaba entonces a los 50.000 habitantes.
La Arrotxapea del siglo XIX era un barrio de lecheras, lavanderas, sanadoras, comadronas, recadistas, costureras, sirvientas... y, por supuesto, de prostitutas. Ya vimos en la Ezkaba de febrero el destino incierto de aquellas jóvenes que dejaban el hogar familiar de extramuros para servir en la ciudad con tan sólo 6 ó 7 años. Según un estudio de 1900, un 27 % de las prostitutas habían sido criadas de servir, las cuáles se daban de alta con un nombre falso, “para que mi familia no se entere”, con la que solían seguir en contacto haciéndole creer que tenian un trabajo “digno”. Una historia que sigue repitiéndose en decenas de viviendas rochapeanas mientras nosotros redactamos estos artículos sobre sus semejantes de cien años atrás. Como ya hemos mencionado, casi todas se localizaban en la zona de la Merced, Descalzos y Santo Andía. Esta última calle contaba con su propio cantar: “Si te pica el vergajillo / visita en Andía su lupanar / y con unos buenos centimillos / desaparecerá tu pesar”. A las jóvenes se las conocía popularmente como “pellejas”, para enfado del vecindario de la calle Pellejerías, quienes en 1886 solicitaron al Ayuntamiento una petición de cambio de la denominación de la calle. Lo consiguieron en 1906, cuando se les cambió por el nombre de Joaquín Jarauta, antiguo alcalde de Pamplona que dejó todos sus bienes a la Casa de la Misericordia.
Por regla general, a los 30 años dejaban de ser consideradas mozas, con una belleza ya marchita por el gran desgaste físico al que eran sometidas, además de problemas añadidos como el alcoholismo y las enfermedades venéreas. Entonces dejaban de ejercer regladamente, para pasar a trabajar por libre en la calle, de forma clandestina y con unas tarifas mínimas, acrecentándose áun más la incertidumbre y desamparo a que se veían sometidas.

Texto: Patxi Abasolo López
Revista Ezkaba, nº 233, marzo-2016



"De sirvienta a puta: La prostitución en el siglo XIX" [1ª parte]:

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