martes, 12 de abril de 2016

Gumersindo de Estella y el Convento Capuchino de Arrotxapea en julio de 1936: "¡Ya cae la República!"

En la sección de Historia de la Ezkaba de abril retomamos los trágicos sucesos acaecidos durante la década de los años 30 del pasado siglo, en esta ocasión haciéndonos eco de la experiencia de Martin Zubeldia, el capuchino Gumersindo de Estella, a quien la sublevación de julio sorprendió en el convento rochapeano de Capuchinos.
A continuación tienes la posibilidad de leer la revista entera, si fuese de tu interés:



Un grito de salvaje alegría:

¡Ya cae la República!”

Martin Zubeldia, Gumersindo de Estella kaputxinoa, Arrotxapeko Komentuan harrapatu zuen II. Errepublika espainolaren aurkako altxamendu militarrak. Bere oroitzapenek ederki azaltzen dizkigute 1936ko uztail zorigaiztoko hartan zein ondorengo errepresio-urteetan Eliza katolikoak eta militarrek elkarrekin idatzitako orrialde beltz haiek guztiak.

Gumersindo de Estella
Gumersindo de Estella es el nombre religioso de Martín Zubeldia Inda, franciscano capuchino nacido en Lizarra (Estella) el 1 de noviembre de 1880. El 6 de mayo de 1932 recibió una carta que le anunciaba su cambio de residencia de Zangotza (Sangüesa) al convento extramuros situado en la rivera rochapeana del Arga.
El capuchino fue, como el resto de sus compañeros, testigo directo de los acontecimientos desencadenados aquel aciago 18 de julio de 1936. El sentir vasquista de Gumersindo (en 1933 se sumó a la iniciativa lanzada desde el colegio de Lekarotz para fundar una Provincia capuchina vasca); su oposición a que el entonces superior provincial, Ladislao de Yábar, fuese reelegido saltándose las propias normas capuchinas; y el rechazo a la orgía de sangre y sufrimiento desatada por Mola y los carlistas en Navarra, fueron las causas de su traslado forzoso a Zaragoza, donde ejerció entre los años 1936 y 1942. Gumersindo nos dejó escrita su experiencia como asistente espiritual a los reos en la capital aragonesa entre 1936 y 1939, una dura experiencia vital que lo acompañaría el resto de su vida.

Estalla la gerra
Convento Capuchino, Arrotxapea (Iruñea)
Gumersindo nos cuenta cómo vivió aquel 18 de julio:
Era la madrugada del día 19 de julio, 1936. Acababa de retirarme del altar, sobre el que había ofrecido la augusta víctima divina por la salvación de todo el género humano sin hacer distinción de razas ni clases sociales... Tomé un libro... Y..., ¡un grito de salvaje alegría hirió mis oídos! Sentí un escalofrío... El grito brotaba del río... Me levanté sin cerrar el libro.
En la orilla opuesta había aparecido y esperaba la lancha un guarda rural apodado el Culón. Y allí erguido y mirando hacia nuestra huerta en la que había cuatro o cinco religiosos, continuaba sus gritos: “¡Ya está el gato en el costal! ¡Ya cae la República!”.
Uno de los religiosos le pasó en barca a la margen rochapeana del río y, una vez en la huerta, el Culón comentaba con gran excitación lo que estaba pasando en la ciudad:
Ayer noche mataron al capitán de la guardia civil en la puerta del cuartel, porque no quería sumarse al Movimiento contra la República... Esta madrugada han cogido a los concejales republicanos de Pamplona y les han dado pal pelo... A Aldasoro ya lo han sorprendido en la cama a las 5 y ya lo han matau en el campo... Ya está el Movimiento en toda España...”
Gumersindo nos cuenta la emoción contenida y el regocijo más que evidente de los religiosos que escuchaban las noticias del guarda. No fue su caso, quien sintió su espíritu “sobrecogido de temor; del fondo de su alma “brotaba una protesta contra los asesinatos”, convencido como estaba que “la violencia no es cristiana”.
Los días y las semanas iban sucediéndose con un goteo constante de asesinatos, persecuciones, cortes de pelo, aceite de ricino y escarnio público; un secreto a voces que pondría en marcha mil y un mecanismos de represión que abarcarían, a su vez, todos los aspectos de la vida cotidiana de la ciudad; una represión caracterizada por desempeñar una función política bien clara: atemorizar y desactivar a toda persona considerada “enemiga” del alzamiento militar.
Yo salía a predicar casi todos los domingos a diversos pueblos de la provincia. Y me di cuenta de la hecatombe. Se hablaba en público de ello y se contaba el número de muertos que iban siendo enterrados en los montes, en las márgenes de las carreteras. Muchos era ejecutados sin tener un sacerdote al lado. D. Escolástico Sarasa me refirió a fines de agosto en Astráin que algunas personas habían visto un perro que corría a campo traviesa, llevando en los dientes un brazo humano. El día 8 de setiembre prediqué en Uterga. Hice mi viaje de regreso a pie. Traspuse la sierra de El Perdón. Y quedé aterrado al ver a ambos lados de la carretera y en el interior del monte, charcos de sangre y montones de tierra que cubrían cadáveres, algunos de los cuales tenían los pies a flor de tierra y a la vista... Al pasar por el lugar en que se enlaza con la carretera general, el ancho camino que conduce a Guendeláin, alguien me dijo: en este mismo punto de enlace de las dos vías mataron a Jeiz y aquí está enterrado”.

Requetés en Capuchinos
Gumersindo regresaba siempre con el mismo estado de ánimo, invadido por la pena y el sinsentido de una guerra que sus superiores no dudaron en calificar de auténtica “cruzada”. El 23 de agosto, mientras 52 presos eran sacados de la cárcel de Pamplona para ser fusilados camino de Zaragoza, el obispo de la ciudad, Marcelino Olaechea, proclamaba en el Diario de Navarra que “la Iglesia... no puede menos de poner cuanto tiene en favor de los cruzados”. En efecto, Gumersindo nunca encontró consuelo entre los muros del convento Capuchino. Es más, el provincial Ladislao de Yábar le recriminaba constantemente, exhortándole a que no hiciera “campaña derrotista” y que se abstuviera de “sembrar pesimismos contrarios al glorioso Movimiento”.
Días antes, el propio Ladislao rompió el silencio que ordena la Órden conventual para comunicar con visible regocijo: “Hoy comeremos gallinas requisadas en Guipúzcoa por nuestros valientes requetés”. No es difícil entender cómo recibieron la noticia los muchos religiosos guipuzcoanos que habitaban en Capuchinos: “Uno de los guipuzcoanos no quiso probar aquella vianda robada quizá a su propia madre. No me fijé en los demás. Yo no aplaudí”. Evidentemente, Ladislao no dejaría pasar por alto la cara de disgusto de Gumersindo.
Diariamente acudían al refectorio de la comunidad entre veinticinco y cuarenta requetés, que eran servidos y acompañados por los propios religiosos. Siempre terminaban la comida del mismo modo, “con vivas a España y a Mola”.
El 11 de septiembre, a las diez de la mañana, Gumersindo se encontraba en su celda leyendo, cuando entró el provincial Ladislao a comunicarle algo que no supondría sorpresa alguna para el propio afectado: el jefe de la Junta Carlista de Guerra, Martínez Berasain, había manifestado su contrariedad por su falta de ilusión hacia el Movimiento, por lo que la Orden le comunicaba su expulsión a Zaragoza.
Tras su regreso a Pamplona, en 1943, se instaló definitivamente en la comunidad de San Antonio de la avenida Carlos III. Tres décadas más tarde, ya con 93 años regresaría a la rivera rochapeana, en esta ocasión a la enfermería de Capuchinos, donde falleció el 7 de noviembre de 1974. Ya no habría Culón ni grito de salvaje alegría alguna capaz de crear desosiego en Martin Zubeldia, Gumersindo de Estella.

Texto: Patxi Abasolo López
Fotografía: Capuchinos de Pamplona




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