miércoles, 10 de enero de 2018

Fundiciones Casa Sancena, 1848-2003 (1ª parte)

La Ezkaba de enero (número 251) ha publicado en su sección de Historia la primera entrega de una serie dedicada a Casa Sancena, una fundición que nació en 1848 en el barrio vecino de la Magdalena, y que en la década de los 30 del siglo XX se instaló en Arrotxapea hasta su traslado en 2003. Aquí tienes la revista, por si quieres leerla, a tan sólo un clic:



Fundiciones Casa Sancena
[Primera parte]

Hirurogeita hamargarren hamarkadan ateratako hainbat argazkik gonbit egiten digute Sancena Fundizioaren metalezko ate urdina zeharkatzeko. Fundizioaren bilakaera ezagutzeaz gain, gure ondare industrialari buruzko hausnarketa egiteko aukera ere izanen dugu.

Forjadores de Casa Sancena, Arrotxapea
Fotografía: José Castells Archanco


    Oso goizetik lanean hasi
    su eta keen artean,
    dinbili, danba ! gelditu gabe
    guztiz ilundu artean,
    arropa denak puskatzen eta
    osasunaren kaltean.

    Oskorri, Forjarien kanta



Fue un lunes por la noche, tras la reunión de la Ezkaba. Isma me enseñó una serie de fotografías donde aparecían trabajadores en plena faena en los talleres de Fundiciones Sancena, situados entonces en el número 9 de Joaquín Beunza. Más de veinte fotografías, todas ellas realizadas en 1977 por José Castells Archanco, a la edad de 19 años, premiadas entonces en el Concurso de Fotografía Industrial de Santander. Así define Isma a José Castells: “notable anticuario, bibliófilo empedernido, hostelero de pro, espectacular fotógrafo y, sobre todo, gran tipo, sencillo y humano”. Entre los trabajadores, aparecía el aita de Isma, Fermin Zarranz Aldabe, el Vasco, como le llamaban en el tajo, nacido en Muskitz en 1925 y rochapeano desde la década de los 60 hasta el final, aquel 2 de enero de 2003, cuando nos dejó con 77 años.

Las fotografías tenían, en sí mismas, entidad más que suficiente para ser publicadas en estas páginas, todas ellas altavoz de mil y una experiencias protagonizadas en silencio por una veintena de trabajadores, al otro lado de aquella gran puerta metálica azul. No obstante, acto seguido, empezaron a surgir preguntas, una detrás de otra, animándome a profundizar un poquito más en el significado de todas esas escenas laborales: ¿Quiénes eran esos hombres forjados por la dureza del trabajo? ¿Cómo llegaron al barrio? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué produjeron esas manos curtidas? ¿Fueron suficientes aquellos jornales para salir adelante? ¿Qué ha sido de los talleres? ¿Y de sus huertas? ¿Cómo llegó Casa Sancena al barrio? ¿Cuándo cerró sus puertas?

Fermin Zarranz con camisa a cuadros
Fotografía: José Castells Archanco
Este viaje vamos a hacerlo sin prisas, partiendo de un lugar a orillas del viejo Runa más allá de la rivera rochapeana, donde hasta mediados del siglo XIX se encontraba un molino medieval, el molino de Caparroso, germen de la primera fundición de Casa Sancena. Más adelante, ya en Arrotxapea, recordaremos al Vasco, el Pisagüevos, el Bolas, el Punki o Marino, que dejó los ojos en el tajo, y lo haremos de la mano de Isma, aquel niño de 10 años que hoy, más de tres décadas después, sigue recordando cómo, cada mañana, llevaba en la fiambrera el almuerzo a su aita durante aquellos largos períodos vacacionales.

Patrimonio industrial

Arrotxapea ha sido tradicional emplazamiento de muchas instalaciones preindustriales de la ciudad: molinos harineros, batanes, curtidurías, tintorerías, tejerías, molinos de pólvora, molinos de papel, fundiciones, alfarerías, fábricas de gas, fábricas de frenos, harineras, fábrica molinos de linaza, centrales hidroeléctricas y fábricas de cera, así como viveros municipales y mercados de ganado. Sin olvidar un segundo factor que contribuyó al desarrollo de la zona: la inauguración del ferrocarril con su Estación del Norte. La línea férrea, inaugurada el 14 de septiembre de 1860, supuso la creación de puestos de trabajo que darían lugar a una primera inmigración a la ciudad, transformando urbanística y sociológicamente nuestro barrio. Junto a la Arrotxapea campesina, tradicional, de toda la vida, que giraba en torno a la Plaza de Arriasko, surgiría una nueva Arrotxapea, la del barrio de la Estación, constituida por trabajadoras y trabajadores foráneos, en cuyo seno nacerían y se extenderían las ideologías propias de una clase trabajadora consciente de sí misma.

El origen de Casa Sancena nos remite al molino de Caparroso, el edificio industrial más antiguo que conserva nuestra ciudad. Allí, en el número 52 del barrio de la Magdalena, en 1848, el labortano Salvador Pinaquy instaló una fundición industrial que sería conocida por elaborar gran parte del mobiliario urbano. Quienes estamos interesadas por nuestro patrimonio cultural, no podemos sino manifestar la tristeza que nos produce la falta de sensibilidad que históricamente han tenido al respecto nuestras supuestas autoridades institucionales. Día tras día, hemos ido viendo cómo iban desapareciendo de nuestros barrios y pueblos edificios emblemáticos, talleres y fábricas sin las cuáles difícilmente podríamos entender nuestro pasado industrial más reciente. ¿Cómo no recordar el triste final de la Azucarera de Marcilla y tantas otras instalaciones con sus desolados paisajes industriales en torno a huérfanas y silenciosas chimeneas?

El instituto de formación profesional Cuatrovientos es un ejemplo de que no tiene porqué ser así, aunque, para ello, evidentemente, hay que tener voluntad. La antigua fábrica de calzados Hermanos López y Cia (1910-1926), pasó a ser fábrica de Maquinaria Agrícola Múgica, Arellano y Cía SA hasta que cesó su actividad a mediados de los años 70. A partir de entonces, el edificio fue utilizado ocasionalmente como almacén, iniciándose un período de abandono y deterioro hasta que en 1985 el inmueble fue adquirido por ILENSA para destinarlo a la construcción de un Centro de Formación Profesional denominado Instituto Técnico Comercial Cuatrovientos. En IWER, edificio multiusos otrora fábrica de sedas MATESA, en la Avenida Marcelo Celayeta, tenemos otro ejemplo, aunque en este caso merecería la pena todo un proyecto para recuperar aquel patrimonio industrial.

Volvamos a Casa Sancena. En 1883, Salvador Pinaquy abandonó el molino de Caparroso y trasladó la fundición al número 40 (hoy 14) de la calle Mayor. Hemos de esperar hasta el año 1936 para que Sancena ponga en marcha los talleres en el número 9 (posterior número 30) de la rochapeana Joaquín Beunza, con Juana Morales y Santiago Sancena al frente, hasta que este último trasladó la fundición en 2003 al Polígono de Agustinos, calle L, 31, de Orkoien. Los 6.000 m2 de las instalaciones rochapeanas pasaron a constituir, en el nuevo polígono, 4.000 m2 de supercie, 2.500 m2 edificados.

El taller evolucionó lo largo del tiempo. Aquella primera industria del siglo XIX dedicaba una parte importante de su producción a la construcción de máquinas de hierro fundido para la agricultura, mientras que el taller rochapeano era un taller de mecanizado y acabado de piezas de fundición, de montaje del mobiliario urbano que fabricaban, y de montaje y creación de estructuras metálicas. En cuanto a la energía mecánica de las máquinas, era suministrada por una máquina de vapor de 3c.v. de potencia en tiempos de Salvador Pinaquy, mientras que los últimos motores de las máquinas estaban conectados a la red eléctrica.

[Próximo número: “Fermin Zarranz, una historia de vida”]

Texto: Patxi Abasolo López
Revista Ezkaba, nº 251, enero de 2018.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonita historia. Me recuerda a la de mi aita Antonio Abasolo. Gracias por estos relatos que nos hacen rememorar a nuestros seres queridos que ya no nos acompañan.
Conchita

Patxi Abasolo Lopez dijo...

Hau sorpresa Conchita anderea! Gracias a ti por leerlos, haciendo posible con ello que los recordemos junt@s. Besarkadatxo goxo bat.