domingo, 4 de febrero de 2018

Casa Sancena (2ª parte): Fermin Zarranz, una vida de trabajo

Kalean dugu otsaileko Ezkaba, 252. zka., 11.000 ejemplares gracias a los cuáles éste curso hemos logrado cubrir todo el barrio, hori den/k!! Como solemos afirmar de vez en cuando por estos lares, los nuestros son también tiempos para creer, hacer realidad y mantener proyectos populares. En la sección de Historia hemos publicado la segunda entrega sobre Casa Sancena. Si te apetece leer toda la revista, no tienes más que hacer un clic a continuación:



Fundiciones Casa Sancena [II]

Fermin Zarranz, una vida de trabajo

Nortzuk izan ziren tailer haietan forjatutako langileak? Nola iritsi ziren auzora? Honetan, bizitza oso baten istorioa bildu dugu, Muskitzen sortutako Fermín Zarranz arrotxapearrarena, Isma semeak kontatua.

En la primera entrega, tras una breve reflexión sobre nuestro patrimonio industrial y la necesidad de protegerlo, hicimos un rápido repaso desde los orígenes de Casa Sancena, a mediados del siglo XIX, hasta el cierre de sus talleres rochapeanos en 2003. En el aire quedaron un sinfín de preguntas por contestar: ¿Quiénes eran esos hombres forjados por la dureza del trabajo? ¿Cómo llegaron al barrio? ¿Qué produjeron sus curtidas manos?... En esta ocasión vamos a abordar las dos primeras, a través de la esperiencia vital de Fermín Zarranz y los recuerdos de su hijo Isma.

Ezkaba: ¿Quién fue Fermín Zarranz?
Isma Zarranz
Fotografía: Iñaki Vergara
Isma Zarranz: Femín Ferranz nació en Muskitz, en el valle de Imoz, en una familia con sus tierras y ganado, pero claro, mi padre era el mayor de 11 hermanos, y en aquella época de guerra civil y postguerra, lo que se estilaba y se hacía literalmente era quitarse bocas de alimentar poniéndolas a trabajar para gente más pudiente. La madre, la abuela, era la que se ponía de acuerdo con el contratante, digamos, y pactaban unas condiciones y mi padre, como muchos otros hermanos, pues empezó a trabajar de morroi o criado en las casas pudientes del pueblo y de otros pueblos cercanos, haciendo las labores del campo, con el ganado, un trabajo duro, más aún si tenemos en cuenta que hablamos de la infancia, empezando la adolescencia.

Ezkaba: ¿En qué condiciones laborales?
Isma: Duras, en algunos sitios bien, solía coincidir que la gente con el extrato social más bajo le trataba mejor, y la gente que era más fuerte, como la familia Martiarena, carlistones de aquella época, gente poderosa que le alimentaban mal, los amos comían una cosa y él comía otra.
Antes de eso, el aita contaba que ya con cuatro años acompañaba a su padre, a Salvador, a la feria de Irurtzun con los bueyes y con el ganado que habían criado en casa para venderlo, y de Muskitz a Irurtzun había un buen trecho.
Después de aquellos años como morroi, como mi aita era habilidoso con el hacha, se va a trabajar a Francia por temporadas, en cuadrillas que se organizaban desde aquí para ir a talar árboles a los Alpes, a la zona de Lyon, a Francia en mayor parte. Luego, cuando terminaba la temporada de trabajo, con mucho dinero en el bolsillo para la época, pues estaban un montón de meses trabajando en el monte, sin gastar nada, cuando volvían les cundía. Era un trabajo muy duro, con jornadas muy largas, con todo tipo de inclemencias climatológicas, cuando llovía o nevaba, que era bastante frecuente, mi aita hablaba de ponerse el espaldero, la piel de la oveja dada la vuelta por encima, cubriéndoles la cabeza, pero los brazos al aire, y tirando troncos todo el día, desde el amanecer hasta que anochecía. Estuvo en el monte hasta los 35 años, con otro hermano, con Jesús. Cuando dejó aquello se estableció en Pamplona, y empezó a trabajar en Casa Sancena, una empresa de fundición y forja donde estuvo hasta que se jubiló con 64 años.

Ezkaba: ¿Cómo terminó por instalarse en Arrotxapea?
Fermín Zarranz (camisa a cuadros) en talleres Sancena, 1977.
Fotografía: José Castells Archanco
Isma: Ya trabajando en Sancena, mi aita estaba soltero, y comentó con algún compañero si conocía alguna chica recomendable, buena y tal... Entonces le habló de mi madre, se conocieron, fue la cosa para adelante, y se casaron en el año 67, si no recuerdo mal. Se casó con 42 años. Y ahí es cuando viene a vivir a la Rochapea, a casa de sus suegros, que se habían trasladado de las Casas de Lorca (edificios de piedra de Santa Engracia) a Bernardino Tirapu, barrio en el que vivirá hasta que fallece en el año 2003. Es la misma vivienda donde hoy vivo con la ama.

Ezkaba: ¿Qué recuerdos tienes de entonces?
Isma: Siempre recordaré los veranos, cuando estaba de vacaciones, pues el aitatxo, en vez de llevarse el almuerzo desde casa, a las 7 de la mañana, la ama lo preparaba para que se lo llevara yo sobre las 10 ó 10 y media.

Ezkaba: ¿Qué había en la fiambrera?
Isma: Lo que cayese, callos, filetes o lo que sea, porque, claro, éstos se echaban unos almuerzos contundentes, era trabajo duro y exigía meter calorías al cuerpo, con el vino correspondiente. Tenían media hora que se anunciaba con una sirena, y también con una sirena se anunciaba la vuelta al trabajo, y terminaban la jornada a las tres. Recuerdo que al principio, de muy crío, trabajaban también los sábados, una hora menos, pero luego esa jornada desapareció. Más adelante, el horario de la fundición lo modificaron para evitar las altas temperaturas del verano.

Ezkaba: ¿Cómo recuerdas aquel trabajo?
Compañeros de Fermín Zarranz en talleres Sancena, 1977.
Fotografía: José Castells Archanco.
Isma: Recuerdo que cuando tocaba fundición, siendo julio y agosto, el aita salía a la calle tiritando de sentir frío en la calle, y estaríamos a veintimuchos o treinta grados, y también recuerdo aquellos pañuelos en los que se sonaba el aita los mocos, eran negros, lo que respiraban aquellos hombres...; y, posteriormente, cuando tienes ya uso de razón, te das cuenta que medidas de seguridad cero, y recuerdo que se produjo un accidente bastante serio, creo que explotó el horno, hubo varios heridos graves, incluso un trabajador se quedó ciego, se llamaba Marino. En las fotos se ve que aún no existen las máscaras, como mucho gafas y para de contar. Ni siquiera guantes, y con alpargatas. Eran muy frecuentes las quemaduras, heridas por el impacto de piezas que se habían desprendido del horno... En las fotografías se aprecia también que cada uno llevaba su ropa, el aita aparece con una camisa a cuadros, luego ya más tarde llevaban buzo. Sueldos muy escasos, trabajo muy duro, pero bueno, como el de mucha otra gente. De hecho el aita se jubiló a los 64, un año antes de lo que marcaba la ley, pese a perder un porcentaje del salario, finalmente valoró que no podía más y tenía que dejarlo. Trabajó unos 35 años, desde que comenzó allá por los años 60-63. Cuando se jubiló tuvo un par de infartos y murió a los 77 años.

Ezkaba: ¿Recuerdas a los compañeros del taller?
Isma: Sí, recuerdo que al aita le hacía mucha gracia uno que llamaban el Punki, yo nunca lo conocí. Más que de caras, recuerdo nombres como el Bolas, que falleció joven, con treinta y tantos años, de un derrame cerebral, sale con barbas en la fotografía; había también un grupo de andaluces, estaba también Almendros, el Pisaguevos, un tal Ríos, y Marino que, como ya hemos dicho, quedó ciego tras un accidente laboral.


Texto: Patxi Abasolo López
Fotografías: Jose Castells Archanco
Revista Ezkaba, nº 252, febrero de 2018.



Fundiciones Casa Sancena (1ª parte): 1848-2003

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