lunes, 26 de marzo de 2012

Hausnartzen/Reflexionando/Réfléchissant



Fundación del Far West

   Los escenarios de las películas del Oeste, donde cada revólver disparaba más balas que una ametralladora, eran pueblitos de morondanga, donde lo único sonoro eran los bostezos y los bostezos duraban mucho más que las parrandas.
   Los cowboys, esos taciturnos caballeros, jinetes erguidos que atravesaban el universo rescatando doncellas, eran peones muertos de hambre, sin más compañía femenina que las vacas que arreaban, a través del desierto, arriesgando la vida a cambio de una paga miserable. Y no se parecían ni un poquito a Gary Cooper, ni a John Wayne, ni a Alan Ladd, porque eran negros o mexicanos o blancos desdentados que nunca habían pasado por las manos de una maquilladoras.
   Y los indios, condenados a trabajar de extras en el papel de malos malísimos, nada tenían que ver con esos débiles mentales, emplumados, pintarrajeados, que no sabían hablar y ululaban en torno a la diligencia acribillada a flechazos.
   La gesta del Far West fue el invento de un puñado de empresarios venidos de Europa oriental. Buen ojo para el negocio tenían estos inmigrantes, Laemmle, Fox, Warner, Mayer, Zukor, que en los estudios de Hollywood fabricaron el mito universal más exitoso del siglo veinte.


Eduardo Galeano, Espejos. Una Historia casi universal, s. XXI, 2008.



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