martes, 8 de mayo de 2012

¿Se ha terminado realmente la Historia?

Hace ya mucho que Fukuyama publicó su ensayo "¿El fin de la Historia?". Fue en el año 1980,  en el periódico de asuntos internacionales The National Interest: En el mismo, se explicaba el triunfo de las democracias liberales, como efecto de la caída del comunismo. Estábamos ante el fin de la historia. La edición posterior, "El fin de la Historia y el último hombre", se extendería rápidamente por todos los rincones del mundo, gracias a la difusión realizada por la John M. Olin Fundation, una institución norteamericana que invierte anualmente millones de dólares para favorecer un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales. Según afirmaba Fuyama, “El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas”.
Hoy, no obstante, quiero recomendaros la lectura de otro libro, también publicado hace mucho, en 1992, hace ya 20 años: "La Historia después del fin de la Historia", escrito por el historiador catalán Josep Fontana (Barcelona, 1931). Como podréis comprobar, sus planteamientos son de gran actualidad.
“Una de las primeras cosas que hemos de eliminar de nuestra teoría teórica de la historia es, por consiguiente, la "vía única": hemos de aprender a pensar el pasado en términos de encrucijadas a partir de las cuales eran posibles diversas opciones, evitando admitir sin discusión que la fórmula que se impuso fuese la única posible (o la mejor) [...] Necesitamos repensar la historia para analizar mejor el presente y plantearnos un nuevo futuro, dado que las viejas previsiones en que habíamos depositado nuestras esperanzas se han venido abajo, porque estaban mal fundamentadas […]
Vivimos momentos de desconcierto ideológico. El espectáculo de unas sociedades europeas en que los propios perjudicados insisten en votar a quienes les están empobreciendo, temerosos de que cualquier cambio pueda empeorar todavía más su situación, revela, por una parte, la falta de una conciencia crítica, pero también la pérdida de la fe en cualquier programa alternativo. A la tarea de recomponer esta conciencia crítica, de devolver alguna esperanza y de reanimar la capacidad de acción colectiva hemos de contribuir todos. Quienes nos dedicamos a la enseñanza, y en especial a las ciencias sociales, tenemos en ella una función fundamental. Por desconcertados que nos sintamos, sabemos que nuestra obligación es ayudar a que se mantenga viva la capacidad de las nuevas generaciones para razonar, preguntar y criticar, mientras, entre todos, reconstruimos los programas para una nueva esperanza y evitamos que, con la excusa del fin de la historia, lo que paren de verdad sean nuestras posibilidades de cambiar el presente y construir un futuro mejor
De entre cuantos enseñan ciencias sociales, esa función recae ante todo en los historiadores. Y está claro que no nos encontramos preparados para asumirla. Necesitamos renovar por completo nuestros "métodos" y enriquecer nuestro bagaje "teórico", lo cual no lograremos sin mucho trabajo colectivo […] A la vez que aprendemos a asomarnos a la calle: a aproximar nuestro trabajo al estudio de lo que sucede a nuestro alrededor. Lo cual no implica tan sólo la búsqueda de un saber "aplicado", inmediatamente utilizable en la vida cotidiana, si también la reflexión teórica que ayude a repensar los problemas actuales [...]
En cuanto se refiere a su utilidad social todas las actividades humanas deben ser valoradas, en última instancia, por el servicio que rindan al conjunto de los hombres [y mujeres]. De entre las ciencias sociales, la historia tiene el privilegio de ser la que mayores servicios puede rendir, porque es la más próxima a la vida cotidiana y la única que abarca lo humano en su totalidad. Sin olvidar tampoco que, cuando se lo propone, resulta ser la más inteligible para un mayor número de receptores de su mensaje -estudiantes, lectores o espectadores. No importa que ello la haga más arriesgada; que no permita adornarla con unas apariencias de exactitud que hoy sabemos, además, que no son un criterio de validez científica, sino una mera ilusión.
Merece la pena, pues, que nos esforcemos en recoger del polvo del abandono y el desconcierto esta espléndida herramienta de conocimiento de la realidad que se ha puesto en nuestras manos. Y que nos pongamos, entre todos, a repararla y a ponerla a punto para un futuro difícil en incierto” (Josep Fontana, La Historia después del fin de la Historia, Crítica, 1992, 142-146).

2 comentarios:

Aitor Antuñano dijo...

Oso interesgarria, mila esker Patxi.

Merezi du aipatzeak baita ere, Richard Poulin-ek, bere "La fin du Socialisme" liburuan idatzitako textu hau:

http://icp.ge.ch/po/cliotexte/deuxieme-moitie-du-xxe-siecle-guerre-froide/fin.1989.html (luzeegi delako link-a besterik ez dut uzten, baina zati txiki bat idatziko dut hemen, testuaren intentzioaren erakusgarri)

L'Histoire n'est pas finie, un nouveau chapitre vient de s'ouvrir et ses potentialités sont immenses.

1993an.

Beste barik ba, agur bat.

Patxi Abasolo Lopez dijo...

Kaixo Aitor, zer moduz dena, ongi? Hori bai, mila esker zuri, ea jendea animatzen den eta hausnarketa honetan parte hartzen duen.
Ados artikuluarekin. Egun ahaztu egiten zaigu honako hau ere aipatzea: Harresi bat erori zela (Berlingo), baina Harresi berriak ari dira etengabe sortzen: Ceutan, Melillan, Saharan, Palestinan… izugarriak horiek guztiak. Eta, jakina!, Poulinek dion bezala, aukerak badaude (nahiz eta 20 urte hauetan oso gutxi aurreratu). Non daude, hala ere, eroso bizi diren intelektualen ekarpen berri horiek? Ezinbestekoa da, eta horretan egundoko gabezia dugu, gure inguruan begiratu besterik ez dugu egin behar. Animoak belaunaldi berriei!